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Full text of "El nacimiento de la ciudad"

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EL NACIMIENTO DE LA CIUDAD 

J. PEREZ CASTELLANO - ISIDORO DE MARIA 




Introducción 


1787-1887: un siglo transcurre desde que José Manuel Pérez Cas- 
tellano relata a su viejo maestro de latinidad don Benito Riva, "lo 
notable que hay ahora en este país ", hasta que Isidoro de María publica 
el primer libro de su "Montevideo Antiguo Un siglo intenso , turbu- 
lento, que une y separa dos mundos . 

El mundo que brota bajo los pies de Pérez Castellano, al tiempo 
que éste lo va describiendo, es la aldea que sacude y despierta el Regla- 
mento de Libre Comercio, es el puerto que se va llenando de mercade- 
res, de navieros y de fabricantes improvisados, de proyectos atrevidos y 
de confianza sin límites. Es un contorno humano rústico y austero, po- 
seído por un optimismo casi marcial y exento de toda frivolidad, que no 
desea perderse en relatar "las acciones humanas, acaecidas en este largo 
tiempo, pues sería tejer una larga historia, sino los efectos de ellas exis- 
tentes o que acaban de pasar". Es la cuna de una burguesía adolescente 
que cree poseer las energías necesarias para irrumpir, con su producción 
y su comercio , en los grandes mercados. "Por este medio — dice Pérez 
Castellano — la Monarquía, no derramará en manos de enemigos, o 
siempre rivales, su plata y su oro con la profusión que lo está haciendo , 
y los ingleses sentirán este golpe sin sangre más que si perdieran algu- 
nos navios. Se trata de hacer mal tercio a los holandeses y flamencos 
con la mantequilla, y los quesos de que algunos piensan poner fábricas 
formales ". Pero el Montevideo que nos acerca el primer oriental que 
describió metódicamente — y con amor — la realidad de su país, es 
también ese mundo ingenuo y provinciano, donde las pequeñas cosas 
sencillas y concretas, presentes en el quehacer de cada día, ocupan el 
centro de la atención y llenan plenamente la vida de los hombres. La 
imagen que nos ofrece la carta de Pérez Castellano está directamente 
construida sobre ese contexto. 

Por el contrario, el mundo de las tradiciones y recuerdos del Mon- 
tevideo. antiguo, que reconstruye Isidoro De María cien años más tarde r 
está edificado desde un Uruguay que la modernidad ya tomó por asalto. 
Está recreado a partir de una realidad muy distinta, cuando ya no queda 
casi nada de aquel viejo Montevideo, que se ha transformado en una 
ciudad cosmopolita, asombrada y complacida ante los nuevos placeres 
de la vida material, los ferrocarriles, las ventas a plazos, los telégrafos, 
los inmigrantes italianos y la mano de obra de origen rural que baja 
a la capital, ante el fárrago y los fuegos de artificio de la llamada época 
di Reus. Instalado en medio de esos tiempos febriles, pero con ánimo 
érente y nostálgico, el viejecito De María, sonriente y bondadoso, 
: i ente especial complacencia en "espigar en el campo de las cosas viejas 



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de mi tierra, que gusto recordar en letras de molde,* para que no se 
pierdan y vivan en la memoria de los presentes , y las conozcan los que 
vengan atrás*'. Se afana por recoger ese sedimento religante que con el 
tiempo suelen ir decantando los pueblos y evoca un universo amable f 
manso, despojado de violencia y de pasión > Quizá sin plena conciencia 
de todo lo que ello implicaba, creó y divulgó una imagen conciliadora 
del pasado uruguayo. Precisamente la imagen más adecuada para facili- 
tar la integración y orquestación de una sociedad primitiva en torno a 
pautas que, desde una actitud rectora y tutorial, se creía imprescindi- 
ble para transformarla en una sociedad moderna . Una imagen desti- 
nada u a las clases populares en las que — como todavía se sigue afir 
mando ■ — era necesario arraigar la noción de los valores tradicionales" . 


Integran este cuaderno literario, además de la extensa carta de 
Pérez Castellano , sobre v 'la Banda Oriental en 1787** y de una selec- 
ción de artículos de los libros primero y segundo del " Montevideo An- 
tiguo** de De María, una descripción de u Un cabildante montevideano 
hacia 1800”, de M. Falcao Espalter, que contrasta vivamente con los 
textos de De María. Se cierra con el M Pliego de condiciones para el 
preceptor de la escuela de primeras letras del Cabildo (1809),” que ha 
sido tomado, junto con el trozo anterior, de u Lecturas de Historia Na 
cional” de Alfredo R. Castellanos. 

L. C. B. 


280 — 



José M. Pérez Castellano 

La Banda Oriental en 1787 

M i amigo don Ramón: Mas me manifestó una carta de usted 
de 10 de enero del presente año, que venía dirigida a mí en caso 
de ausencia suya, la que leí con sumo gusto por saber de la salud 
de usted, y hecho cargo del deseo que manifiesta de que le parti- 
cipen lo notable que hay ahora en este país y no había antes de las 
dos y media décadas de año, y que han corrido desde que usted 
se ausentó de él, hice ánimo de satisfacer a su deseo refiriendo no 
las acciones humanas, acaecidas en este largo tiempo, pues sería 
tejer una larga historia, sino los efectos de ellas existentes, o que 
acaban de pasar. Ciñéndome a esto solo tendré mucho que decir, 
y no lo podré decir todo, y usted tendrá mucho que admirar por 
prevenido que esté a favor de las ventajas naturales de un país 
que tanto le cuadró. 

Empezaré por la agricultura, cuyo objeto es el más necesario 
a la vida, como su ejercicio el más natural al hombre; seguiré por 
la cría de ganados, por la pesca, la población, su policía, su co- 
mercio, su marina, sus tropas, sus milicias, sus Tribunales, sus cu- 
ratos, sus beneficios, y, en fin, por todo aquello que ocurra más 
notable y digno de atención. 

AGRICULTURA. — La prueba más clara de su adelantamiento 
es que este año se han recogido 5.522 fanegas de trigo del diezmo 
de esta ciudad, de suerte que por él debemos regular la cosecha en 
más de sesenta mil fanegas, pues no todos diezman bien, y las 
nuevas villas de San José, Santa Lucía, Canelones y Minas, de que 
hablaré después, y en las que hay más de doscientos vecinos, todos 
labradores, no han diezmado por considerarse exentos de esa obli- 
gación. Corre el trigo ahora a dos pesos la fanega, y se acordará 
usted que la fanega de trigo pesa aquí dos quintales, V diez o doce 
libras de a 1 6 onzas cada una. Con esta baratez se han extraído para 
La Habana y Asunción del Paraguay. 

Son abundantes las legumbres que da el país, como porotos 
de varias especies, habas, alberjas, chícharos, etc. Pero nada es 
comparable a la abundancia de hortalizas que se cultivan todo el 
año, como son los coles, repollos, más grandes y de mejor gusto 
que los de Buenos Aires; las de Génova, las lombardas, las rizadas, 
las dengueadas y muchas otras, que aunque de accidentes distintos, 
sólo se conocen aquí con el nombre general de coles. De lechugas 
se cultivan seis u ocho especies, todas excelentes, a saber, las fla- 
menquillas que usted conoció y cultivó algún día en el huerto de 
su casa, las capuchinas, las romanas, las holandesas, las blancas, las 
moradas, etc. Se cultivan tres especies de escarolas, las anchas, que 
usted conoció, las endivias, y las crespas; se cultivan coliflores de 
pella grande, y los bróculis de tanta como las coliflores, colinabos, 
nabos, etc., tan buenos como los de Lugo, apios, cardos, alcahuciles, 
pimientos dulces valencianos de hocico de buey y otros cumplidos; 
espárragos, espinacas, churivias, zanahorias, rábanos dulces, beren- 
genas, papas criollas y de Canarias del mismo gusto y calidad de 
las que vinieron de allá ha cuatro años; tomates, ajos, cebollas, etc.; 
de todo en tanta abundancia, que muchas personas de distinción, 
nada apasionadas a este país, confiesan sencillamente no haber visto 



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en España, plaza tan abundante y surtida como la de Montevideo. 
Los de Buenos Aires la envidian ya en algunos renglones, y de ellas 
se proveen de muchas cosas, que o no dan allá, o, no se dan tanto 
ni de tan buena calidad. Frutas textiles como zapallos, bubangos, 
calabazas, melones criollos y de Valencia, sandías comunes del Río 
Grande y de Málaga se cogen abundantemente y se venden a precios 
moderados. 

Para Buenos Aires van de regalo y de venta muchas frutas de 
este género, porque esta ciudad, no es capaz de consumir las que 
cogen en su jurisdicción. Las frutillas o fresas que yo no conocía 
hasta que pasé a Buenos Aires, y que allí se venden siempre muy 
caras, se venden aquí sin contar en las fuerzas de ellas, y ocasiones 
hay en que un hombre no puede comer las que se dan por medio 
real. Las arboledas se cultivan con orden, con primor y buen gusto 
Cualquiera sabe en su chacra o huerta, lo que es injertar de púa y 
escudete; a yema dormida y despierta. Hasta las señoras que tienen 
alguna posesión en el campo hacen de esa su vanidad, lo que ha 
provenido de que se ha ennoblecido este ramo de agricultura, ejer- 
citándose en él las primeras personas del pueblo, que procuran a 
porfía excederse unas a otras en tener muchas y buenas frutas 
El arroyo de Cuello, el de Toledo, el del Cerrito, y sobre todo el 
Miguelete, están llenos de arboledas frutales, y son el teatro en 
que estos nuevos colonos manifiestan su industria. Har? a usted 
relación de algunos de los poseedores más distinguidos para que 
usted forme alguna idea de lo que acabo de decir. 

El presbítero Cardozo posee la chacra de su difunco padre don 
Francisco Cardozo; Don Eusebio Vidal, ayudante de milicias de ca- 
ballería de esta ciudad, casado con la hija de don Francisco Bruno 
Zabala, nieta de la Paz, posee lo que era de éste. Don Francisco 
Bethese. coronel del cuerpo de artillería, y jefe de la Provincia, 
casado con hija de don Juan Llanos, nieta de Lesoa, posee la de su 
abuelo. Don Juan Pedro Aguirre, casado con hija del difunto don 
Joaquín de Viana posee una inmediata a lo de Zerpa; la de éste 
ía posee en el día el comandante de los resguardos don Francisco 
Ortega, uno de los papeles de más ruido de la Provincia y quien 
en un botecillo me suele hacer algunas visitas, pasándose a la mía 
que la poseo hace catorce años; es la que fue de Bárrales, en que 
usted comió algunas veces, debajo de unos viejos y robustos 
manzanos. 

Cuando usted la conoció y yo la compré, no había en ella 
más que un bosquecillo de duraznos y de esos manzanos silvestres 
Si usted la viera ahora, como le he deseado muchas veces, diría: 
O quantun Niobe distabat ab ista! Podría usted comer debajo de 
naranjos sin que le ofendiera el sol del estío en su cénit, porque 
los hay muy hermosos, como también limones reales y comunes; 
perales de cinco especies, manzanos de muchas más; duraznos pris 
eos, blancos y amarillos; albérchigas de distintas especies, melocoto 
nes, duraznillos tempranos y otras muchas especies de árboles, pues 
tos todos con proporción y buen orden. No por eso piense usted que 
es de las mejores; es sólo de las medianas, porque ni el terreno 
es de los más ventajosos, ni mis facultades han correspondido al 
deseo de adelantarla. Tengo en ella una casa bastante capaz, en que 
unas veces enredado con los libros y otras con los árboles paso la 
mitad de mi vida. Se acordará usted que está contigua a la de mi 
difunto abuelo, que la poseen en buena armonía ha 17 años, mi 
padre y su hermana, la viuda del difunto Durán. Esta es ahora, la 
mejor de todas, y les produce a sus dueños cerca de dos mil pesos 
libres por año; pero con el tiempo tal vez lo será la del coronel del 
Regimiento de infantería de Buenos Aires don Miguel de Tejada. 


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que está sobre ei arroyo del Cerrito, a una legua de la dudad como 
quien va a la Chacarita de San Francisco. La visita todos los días 
excepto los festivos y los que las lluvias, o algún otro accidente 
se lo impiden. 

En una palabra, desde Canarias adelante está todo tan poblado 
de caseríos y huertas que, aún los que están aquí de asiento o se 
han descuidado algún tiempo de volver a ver lo que habían visto, 
se quedan aturdidos con la novedad. A Buenos Aires llevan a ven- 
der peras, membrillos y manzanas en tanta copia que muchos por 
libertarse del engorro de las encomiendas, las compran allí mismo 
y después las regalan como si inmediatamente les vinieran de 
Montevideo. 

Para el riego de las huertas no hay más que dos norias, pero 
hay muchos rigoñales que donde está el agua cerca, como sucede 
en las cañadas u orillas de los arroyos, reputo por mejores que las 
norias por ser instrumento más sencillo, y que extraen sin desper- 
dicio mucho acopio de agua. El Comandante Ortega puso en el 
Miguelete una bomba espiral, pero abandonó su uso, y se ha aco- 
modado a los rigoñales. 

En la agricultura se ha introducido algún lujo porque se cul- 
tivan mucho las flores. Hay con abundancia claveles de los que 
llaman de a onza, rosados, carmesíes, blancos y disciplinados. Hay 
alelíes de todos los colores, dobles y sencillos. Rosas blancas y 
mosquetas, y junquillos de muchas especies, marimonias, ranúnculos, 
etc., que se cultivan en el campo y en las casas. 

CRIA DE GANADO. — Excepto cabras, cuya cría se ha aban- 
donado porque su utilidad no compensa el daño y perjuicio que 
causan en sembrados, árboles y casas, se cría toda suerte de ganado. 
Con las yeguas tienen cuidado los hacendados de que no se mul- 
tipliquen mucho porque fácilmente se alzan, y alzan también al 
ganado vacuno. 

Han abandonado casi enteramente la cría de muías, porque 
fuera de las que se emplean en las carretillas del servicio de la ciu- 
dad, que serán de cincuenta a sesenta tiradas de dos muías a la par 
como los coches, y fuera de las que se emplean en las atahonas de 
una muía que en el día se usan y pasan de treinta, todas las demás 
son inútiles por no haber extracción de ellas a parte alguna. Pocas 



283 


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consumen los coches que si llegan no pasan de ocho, y tal cual 
vez se ven rodar por las calles. 

De cerdos castellanos y chamorros de Andalucía y Extrema- 
dura se crían grandes piaras para abasto del pueblo y de las embar- 
caciones; pero cortos rebaños de ovejas por estar tan poco introdu- 
cido el uso de sus carnes y beneficiarse poquitísimo sus lanas, o por 
indolencia de los que acostumbrados a ramos de mayor lucro, des- 
precian el que les ofrece menos, o por otras razones que yo no 
alcanzo. 

La cría que está en mejor pie es la del ganado vacuno, de que 
ya no se matan vacas para el consumo de la ciudad, sino sólo no- 
villos en número de sesenta todos los días. No tengo noticia que en 
parte alguna de los vastos dominios españoles se consuma más 
gorda, mejor y más barata. Cada cuarto de novillo de tres y medio 
años para arriba (porque menores no se permiten matar) está 
cuando escribo a tres y medio reales en la plaza, o lo que es lo 
mismo, a catorce reales, toda la carne de la res. No obstante estar 
renovada la prohibición de que se mate ganado vacuno sólo por 
la piel, como se hacía antes, con todo, los cueros que se han ex- 
traído para España, en lo que ha corrido del año, ascienden a 
321.450, como lo acredita el estado que un amigo me sacó de la 
Aduana de esta ciudad, y que incluyo a usted; argumento claro 
del prodigioso número de ganado que hay y se consume en esta 
jurisdicción, pues aunque muchos de los embarcados son de Buenos 
Aires, los más son de aquí, y no ignora usted los que se consu- 
men en sacas, en coyundas, en torsales, en ranchos, en cubiertas de 
carruajes, y en cien mil otras cosas para las que se recurre siempre 
a los cueros. En 5 de marzo de 1781 salieron registrados en este 
puerto 432.000 cueros en un convoy de 25 embarcaciones. Separados 
del convoy salieron los seis correos anuales que son unas regulares 
fragatas, y otras embarcaciones sueltas; todas o las más llevaron cue- 
ros, y era constante que quedaba en esta ciudad en almacenes y 
en pilas, por los huecos y por la campaña, cargamento para un 
par de convoyes como el que salió. En Cádiz faltaron almacenes 
para los que en aquel tiempo y poco después se llevaron, y api- 
laron muchos al desierto. Yo sospecho que la multitud de cueros 
que había en Cádiz y en la desestimación en que cayeron, hizo 
despertar el celo que ahora se tiene por las leyes y ordenanzas que 
prohíben la matanza del ganado con sólo el objeto de la piel. Esto 
ha obligado a capar generalmente los toros, y a que se empiece a 
sacar de esta mina inestimable alguna riqueza de la grande que 
puede producir, como diré hablando del comercio. 

PESCA. — Se hace la misma que antes, pero con más abun- 
dancia por haber mayor número de pescadores, aun a proporción 
de lo que ahora es el pueblo. A más de esto la industria de los 
catalanes ha descubierto nuevos pescados, que antes no se conocían 
porque no se hada la pesca donde ellos comen, que es en la punta 
occidental del Banco Inglés, norte-sur con punta de Carretas e Isla 
de Flores. 

Allí van los pescadores con barquillas (de las que han zozo- 
brado dos de tres años a esta parte, y ha perecido la gente) y tienden 
sus espineles, en que cogen congrios, cazones, pescadas y brotólas 
con mucha abundancia, de suerte que ha habido veces de pasarse a 
vender el pescado a Buenos Aíres, por considerar muy abastecido 
de él, este pueblo; van por la mañana y se retiran al puerto por la 
tarde, casi siempre con pescado que es muy bueno, principalmente 
las brotólas y pescadas. De los congrios dicen también que lo son, 
pero yo no puedo dar testimonio de su gusto, porque todavía no 



los he probado a causa de la repugnancia natural que tengo en 
comer pescado que no tiene escamas. Por esto no me tema usted, 
que cristianos viejos hay que no comen tocino, y que gustan dego- 
llar las aves más bien que sofocarlas, y no saben si hubo Moisés en 
el Mundo. 

También se cogen en estas playas camarones largos como un 
geme, pescadillas y otros distintos de las pescadas. Estas dos espe- 
cies son delicadísimas, y las nombro porque me parece que no se 
cogían en tiempo de usted y se han aparecido posteriormente en 
recompensa de algunas especies que antes conocí yo, y ahora no 
se ven, porque han peregrinado a otros mares. En los inmediatos 
a la bahía de San Julián se cría en abundancia una especie de ba- 
calao, no tan grande, ni de escama tan fina como el de Terranova, 
pero es bueno, y los que tienen afición a esa pesca lo ponderan 
mejor que el verdadero; mas cuando no lo sea, tendrá la ventaja 
de que no será tan caro por ser de nuestros mares, y porque en 
donde se coge hay buena y abundante sal. Ha pocos días que salió 
un bergantín a esa pesca. De los pescados secos que he comido 
ninguno me gusta más que la corbina negra, que se coge aquí con 
abundancia; o por su crasitud o porque no la salan bien, está ex- 
puesta a la polilla, y a ponerse rancia en poco tiempo. Si un vizcaí- 
no que se ha establecido para pescarla a la orilla de la laguna de 
Castillos da con el punto de perfección, podríamos reirnos aquí del 
bacalao inglés y del patagónico. En dicha laguna y en la garganta 
por donde desagua, hay a tiempos se han cogido setecientas, de dos 
arrobas de peso cada una. 

Estos dos últimos años fue por dos ocasiones una fragata a 
hacer pesca de ballena, pero no volvió enteramente cargada, creo 
que por falta de pericia en los pescadores, pues he oído que el que 
animaba esa pesca, le ofreció a un inglés, que arribó a ese puerto 
a repararse, ochocientos pesos anuales con tal que volviese a su 
país a dirigir lo que piensa continuar. 

POBLACION. — Está tan adelantada que desde la bahía da 
golpe agradable a la vista, porque todas las casas se fabrican ahora 
de azoteas con vistosas cornisas, remates y chapiteles muchas de 
ellas; se le ponen maderas del Paraguay, que son de duración in- 
memorial, y de gran consistencia para sostener sin movimiento el 
peso de las tejuelas y argamasas, que se hace con cal de piedra, de 
que hay cuatro caleras en la Sierra. Ni es de tanta blancura como 
la de Córdoba, pero a mí me parece que es de igual fuerza, pues 
a una medida de cal se le echan tres iguales de arena. La piedra 
de una calera que yo allí he visto, es una especie de jaspe azul 
con algunas vetas blancas y se astilla en lugar de abrirse cuando le 
dan golpes de marrón o barras. Se vende la fanega de nueve a dos 
reales puestas en la ciudad. Esta baratez de la cal, la del ladrillo 
otro tanto más barato que antes y el haber muchos artesanos y al- 
bañiles diestros en su oficio, con moderados salarios, facilita la fá- 
brica de las casas que se hacen cómodas y con las oficinas necesa- 
rias, de patios anchos y regularmente enlosados o con ladrillos o 
losas labradas a cincel, o con pizarras labradas por naturaleza y en 
que el arte no tiene que poner más que alguna escuadra. De éstas 
se han descubierto canteras copiosas, particularmente en la estan- 
cia de mi casa. 

Los balcones de hierro para las casas de alto, y las rejas para 
las ventanas de la calle son ya comunes y por ellas no se pueden 
car a conocer, las casas, como se daban a conocer en otro tiempo 
por las rejas con que se cubrían, siendo las más de paja. En estas 
>e tiene el gusto de poner en los patios emparrados de uvas mos- 



cáteles, y de uvas negras, grandes como las de Córdoba, pero el 
temperamento no las deja sazonar tan bien como allí, ni como en 
Buenos Aires. Con motivo de las azoteas se han introducido los 
aljibes en los patios, y las casas que los tienen usan de su agua 
hasta para beber, ponderándola más delgada que la de Canarias, 
pero yo me atendré siempre a la de esta fuente, que purifican la 
arena, el aire y los rayos del sol. Ahora se conduce el agua en ca- 
rretas pequeñas, tiradas de dos bueyes con un tonel que hará, como 
pipa y media catalana; habrá hasta treinta de ellas y se introduje- 
ron este año por mandato del gobierno, que prohibió los carros 
toscos, que antes se usaban, perjudiciales a las calles por su enorme 
peso y mala disposición de ruedas, que unidas firmemente ai eje 
no podían dar vuelta sobre él, de suerte que al dar la vuelta arran- 
caban las piedras y arrollaban el terreno. 

Del fuerte antiguo no ha quedado más que la capilla; todo 
lo demás que comprende la misma área en cuadro se ha renovado 
con piezas de bóveda para casas reales y almacenes, con viviendas a 
la derecha y a la izquierda de la Capilla para el Gobernador, y para 
el Virrey, que ha llegado a estar aquí años enteros. La ciudad tiene 
ya una casa decente con un gran balcón a la plaza; en lo alto sus 
piezas separadas para cada juzgado y en lo bajo para el cuerpo de 
guardia, cárceles y calabozos para hombres y mujeres. 

La Iglesia Matriz en orden al edificio es la misma que era 
antes; pero no en orden a sus alhajas y adornos. Tiene ocho alta- 
res, cuatro de ellos con retablo, en que hay hermosas imágenes; las 
más sobresalientes son las de los dos santos Patronos, la del Car- 
men y la del Rosario, que se hicieron en Madrid. En el altar de 
ánimas se puso una imagen de bulto de la Señora de los Dolores, 
y desterraron a la puerta de la Iglesia debajo del Coro el hermo- 
sísimo y antiguo lienzo de la Señora del Carmen, a cuya hermosura 
y devoción ha desagraviado la piedad de los fieles, que mantiene 
delante de ella luz indeficiente, y al entrar o salir la saludan, casi 
todos con el Angel y con San Bernardo. El bautisterio está decente 
con su cielo raso, y con un armario que sirve para archivo y para 
escribir. En la sacristía hay una cajonería bien hecha, que costó 
seiscientos pesos, y la ropa de ella no es rica para todos los días, 
pero siempre es decente. La Hermandad del Santísimo está muy 



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fervorosa y con mucho número de hermanos; ha hecho para sus 
funciones seis blandones de plata con su correspondiente Cruz Sa- 
cra, etc., y dos candeleros con tres brazos cada, uno para alumbrar 
inmediatamente al Santísimo. Todo costó más de dos mil pesos. 
Tiene un ornamento de tisú que costó en Valencia mil seiscientos 
pesos, dos palios de tisú, uno que corresponde al principal orna-' 
mentó, y se levanta con diez varas de plata, y el otro, que no es 
de tanto valor, con ocho. No hay año que en el Corpus no estrene 
alguna cosa; para el que viene espera estrenar una custodia grande 
con un dosel de plata que cuesta según me han dicho cuatro mil 
pesos; pero no creo que estará más lucido, ni de mejor gusto que 
el que se puso este año, adornado de finísimas flores. El paseo de 
ese día se hace, siempre con grandeza, a que acompaña la salva de 
artillería de mar y tierra; se cuelgan en todas las calles por donde 
se hacen y este año estuvo mucha parte de ellas, cubierta con tol- 
dos de indiadas; por confesión de los desapasionados hace mucha 
ventaja a la de Buenos Aires. Hay en la Matriz mucha frecuencia 
de sacramentos con la aplicación de algunos eclesiásticos al confe- 
sionario. La torre tiene dos campanas de mediano porte, una que- 
brada y otra mal remendada, porque dos que hay grandes y buenas 
no las puede sostener por su debilidad, y están colgadas al lado de 
ella en una horca de madera. En el Coro hay un órgano que puede 
ser bueno para cualquier otra iglesia. 

Ha tres años que un Brigadier de Ingenieros portugués que 
está en el servicio de España, y lo está por ser muy hábil, levantó 
un plano de una hermosa Iglesia de tres naves para la Matriz; se 
remitió al Exmo. Señor Marqués de Loreto, Virrey actual, y a la 
Junta de Real Hacienda para su aprobación, y se espera con ansia 
para empezar la Iglesia que hace notable falta, porque la que hay 
no es capaz de admitir la sexta parte del Pueblo, ni de resistir más 
al tiempo que la tiene muy cansada. El Convento de San Francisco 
hubiera empezado ya la suya, si el mismo Virrey no lo hubiera 
impedido en consideración a que se debe empezar primero la Ma- 
triz por más necesaria, por ser la del pueblo y del Patronato Real. 
De la existente se puede decir en todo lo mismo que de la Matriz, 
con la diferencia que años pasados se levantó y se alargó alguna 
cosa para darle más capacidad; tiene un organito pequeño, y la 
imagen de la Concepción, colocada en el nicho del retablo mayor, 
es hermosísima. Al Convento se han añadido dos grandes patios. 
Cercados de celdas y otras piezas; regularmente mantienen de veinte 
a veinticuatro religiosos entre sacerdotes y legos. Hay en él una es- 
cuela de primeras letras, una clase de gramática y otra de filosofía 
que se abrió este año, a petición de la ciudad con catorce o quince 
discípulos seculares. El lector que es un tal Chambo de Santa Fé, 
todavía muy joven, me parece hábil y de discernimiento para se- 
parar en la filosofía, lo útil de lo superfluo con que los jóvenes 
pierden miserablemente el tiempo más precioso de su vida, y se 
ha hecho por lo mismo en los términos en que hasta aquí se ha 
enseñado, acreedora a la detestación de los hombres sensatos. 

Computo el número de habitaciones que hay dentro de los 
muros, entre casas y cuartos de alquiler en mil quinientas; pero 
fuera de los muros, en los propios arrabales, entre casas de paja, 
teja y azotea me parece que pasarán de cuatrocientas. 

La campaña está a proporción más poblada que la ciudad, y 
son en ella muy frecuentes los edificios cómodos. A cualquier par- 
te de la jurisdicción que uno salga, halla pan, porque hay distri- 
buidas por todas ellas, atahonas, y en Santa Lucía, cerca del paso 
ce los Soldados, hay un molino de agua sentado sobre un barquillo; 
5c hallan también hortalizas y frutas, porque en las estancias es raro 



el que no se aplica a tener cerca de su casa algún huertecito. Fuera 
de esta población que hay desparramada por los campos hasta los 
que riega el Río Negro por la parte oriental y del Sur, se han 
formado desde el año 1782 acá cuatro villas en esta jurisdicción, 
a saber: la de San José sobre el río del mismo nombre en su ribera 
occidental, más arriba de donde está la estancia del Registro; la 
de San Juan Bautista, de este lado de Santa Lucía, un poco más 
abajo del paso de los Soldados; la de Canelones o Guadalupe, donde 
está la capillita del mismo nombre, y la de las Minas dentro de la 
Sierra. 

En este pueblo que es el más bien formado estuve a predicar 
el sermón de la colocación de su Iglesia, que se celebró por febrero 
de 1785. Tiene cuarenta casas de tejas que las costeó el Rey, como 
también el templo, que en cualquier parte parecería bien; es un 
crucero en dos sacristías, su coro alto capaz y su bautisterio y su 
especie de torre sentada sobre cinco arcos que tiene el pórtico. 
Antes de entrar a ella tiene un atrio de treinta varas en cuadro 
poco más o menos, cercado de un muro como de vara y media de 
alto con una repisa en contorno por la parte de adentro, que 
ofrece asiento a mucha gente; se eleva el suelo de él hasta una vara 
sobre el de la calle. Después del atrio se sube al pórtico por tres 
escalones, y se entra en la Iglesia cuyo suelo está enlosado de las 
pizarras de que antes hice mención, y por la tarima, lo que lo 
hace elevado y muy vistoso, y al todo de la Iglesia que es muy 
clara, de tan buena proporción y buena vista, que agrada mucho 
al que la ve sea dentro o sea de afuera; yo no me cansaba en 
mirarla, y a otros sucedía lo mismo, testificando todos que en 
Buenos Aires había templos incomparablemente más suntuosos; pero 
ninguno más lucido por la proporción de sus partes y por su ven- 
tajosa localidad que lo realza y lo hace parecer más de lo que es. 

Lo dirigió el difunto Olavarrieta, cuñado de Camacho quien 
se enterró en su Cementerio que está cercado y es muy capaz. Ola- 
varrieta por dificultar el entierro de los cadáveres dentro de la Igle- 
sia lo enlosó con pizarras grandes, y él vino a dar el primer ejem- 
plo de este respeto debido a la casa de Dios. No obstante, la 
población acostumbrada al abuso generalmente introducido llevaba 
mal esta disposición del Director, y yo por cooperar a su justa idea 
tuve que desengañarla en el sermón haciéndole ver lo dispuesto 
por la Iglesia y observado en su antigua y mejor disciplina. 

El templo no cae inmediatamente sobre la plaza, porque según 
las leyes de Indias 8 * y 9 ? del títülo 7 9 libro 4 9 se dispone que para 
la formación de pueblos nuevos, fuera de las calles que en Amé- 
rica son comunes a otras plazas, y que salen de sus cuatro ángulos, 
cada una de las cuatro aceras que forman su cuadro, se divida por 
medio de una calle que corte toda la manzana inmediata a la plaza 
perpendicularmente a las calles que atraviesan por la espalda de di- 
chas manzanas. En una acera de la primera calle transversal que 
está fuera de la plaza se debe poner la Iglesia con la puerta frente 
a frente de la calle corta que viene de la plaza. De este modo la 
Iglesia disfruta las ventajas de la plaza por una calle corta que 
la descubre, y está bastante lejos del ruido que se hace en ella y 
que podría perturbar ios oficios. Así, pues, está situada la de las 
Minas y su pueblo es un delicioso valle que aunque no es respecto 
de la Sierra que lo rodea, está no obstante muy elevado respecto 
del nivel del agua del río San Francisco que corre cercano, y que 
es una de las vertientes a Santa Lucía. Sobre aquel, el de Metal, 
y del Campanero, están repartidas las chacras a los pobladores, que 
pueden fácilmente regarlas. El terreno de ellas es muy pingüe, y 
creo que en la superficie tiene minas más ricas que en sus entra- 





Uftfel 


ñas; de éstas extrajo Olavarrieta gran copia de metales que fundió 
en hornos de reberbero, y se fundió con ellos porque no pudo 
jamás separar los metales que se cristalizaban con la fuerza del 
fuego, o se fueron en humo. 

Las nuevas villas tienen más de cincuenta vecinos cada una, 
a más de las que se pusieron en su primer establecimiento, ha 
habido después matrimonios, y se han agregado algunas familias 
del país. Los pobladores principales son gallegos y castellanos vie- 
jos que vinieron con destino a la costa patagónica, y después de 
estar aquí no fueron allá, tal vez porque se advirtieron dificulta- 
des invencibles para la población de San Julián y otros puertos más 
al sur del de San José y Río Negro. Estos aunque siguen poblados 
es con poquísimo adelantamiento después de los grandes gastos 
que ha hecho, y está haciendo el Rey. Aquellos indios que no se 
suelen dejar agraviar impunemente, aunque no tengo noticia ha- 
yan sido jamás los agresores, la falta de buenos puertos, la de 
agua y de leña sobre las costas, serán siempre obstáculos muy 
respetables; pero los atrevidos pobladores que en el siglo décimo 
sexto volaron al cielo, y dejaron en la estimación de sus compa- 
triotas el nombre de Césares, más debido a su valor que a su 
fortuna, en lugar de servir de escarmiento, sirven de estímulo para 
atropellarlos. 

La Villa de San Carlos en Maldonado está "si cúter at in prin- 
cipio”; pero San Fernando que ya es ciudad con Cabildo está algo 
más adelantado con algunas casas de teja, y un cuartel muy ca- 
paz para la tropa que regularmente es de Dragones. Si el señor 
Cevallos hubiera seguido más en su Virreinato estaría mucho 
más adelantado, porque manifestaba empeño en hacer el puerto 
por arte mejor que lo es por naturaleza. Ahora dos meses se es- 
trelló contra su isla un bergantín que entrando al río iba a tomar 
su puerto, pero no se ahogó más que un hombre. Hay en uno y 
otro pueblo Curas provistos que usted no conoce. El número de 
almas de esta ciudad y su jurisdicción pasa de diez mil, excepto 
las de las nuevas villas, la tropa, marinería y transeúntes, según 
consta del estado adjunto, sacado del Padrón que su Cabildo hizo 
ahora pocos años. 

POLICIA. — De ella he dado ya alguna idea en lo que he 
dicho de las casas, de los carruajes que conducen agua a la ciu- 
dad, y de los que en la ciudad conducen los cargamentos al mue- 
lle, y de éste a las casas y almacenes. Añado ahora que las calles 
están todas con calzadas por las aceras, y que las bocas de las 
principales están ya empedradas, y en tal disposición, que las 
aguas (a que favorece mucho la situación del pueblo) tienen sa- 
lida pronta, pero no violenta, hacia una y otra parte del mar. Se 
siguen siempre empedrando y no se ven en ellas pantanos, ca- 
paces de atollar las carretas. 

Si debe entrar en la clase de la policía el lujo y la diversión 
diré también que hay casas de café, muchos trucos y billares; que 
les hombres y mujeres visten ricas telas de seda y de lana, y que 
en las iglesias no se ve jamás una persona andrajosa; porque hasta 
les mendigos, que no pasarán de veinte, andan vestidos con decen- 
cia. Es menester que sea muy pobre o muy abandonado el que en 
el verano use ropa, que abrigue en el invierno, y son poquitísimos 
1:5 que con ella confunden las estaciones. No se hace uso de la plata 
labrada sino en cubiertos, en hebillas y en recados de montar. 

Las mujeres generalmente gastan medias blancas de seda, sayas 
ae lo mismo, negras para la iglesia, y de otros colores para el pa- 
sco; mantas blancas y negras de seda ó lana fina. En el peinado, 

= — =» 289 




hebillas y en zapatos tiene tanta jurisdicción el capricho y los mo- 
difican tan diversamente que sería dificultoso hacer relación cir- 
cunstanciada de su diversidad. Baste decir que el peinado alto y 
en figura de mitra, aunque algo más ancho es aquí viejo; que lo 
han rebajado y lo han subido diversas veces, que siempre se con- 
serva en el fondo, pero que jamás es el mismo en los accidentes y 
en el adorno. En los zapatos usan tacos altos y los rebajaron hasta 
el extremo de no usarlos, ni chicos ni grandes; los volvieron a 
tomar pero por grados hasta llegar a la mayor altura. Usaron hebi- 
llas de piedra y las dejaron: de plata y oro, ya de esta ya de aquella 
figura, y también las dejaron. Por último se han convenido en des- 
terrarlas todas, y reina la gran moda de usar los zapatos sin hebillas 
como los difuntos: con esto los zapateros están dados a la trampa; 
porque deben hacer los zapatos de modo que sin hebillas se sujeten 
al pie, asunto por cierto de embarazo no chico. El de las redecillas 
y otras frioleras es más vasto de lo que permite una carta. Regu- 
larmente visten con honestidad sin descubrir jamás los pechos; y 
muchas veces ni aún la garganta, digo muchas veces, porque al- 
gunas están de otro parecer. No hay materia en que se pueda hablar 
con menos seguridad que esta y el que oye es menester que ande 
siempre por su laberinto con el hilo de Ariadna, quiero decir, con 
la regla de ", distingue témpora”, y sería muy del caso que se pro- 
veyese de alguna otra como la de " distingue personas”, loca, cir- 
cunstancias, etc. 

COMERCIO. — El de esta ciudad se funda principalmente en 
los cueros, en el sebo, en el trigo o harina y en la carne salada que 
se ha empezado a trabajar. Por el estado que agrego sacado de la 
Aduana se hará usted cargo más seguramente que por otro medio 
de su comercio activo y pasivo, con la advertencia de que en orden 
a carne, sebo y harina, hay mucho más que añadir de lo que en 
él se expresa. Tengo fundamentos positivos para esta advertencia, y 
a usted no se le ocultará en que estriban. Sobre beneficiar las car- 
nes para venderlas en España, y algunos puertos de nuestra Amé- 
rica, se ha estado pensando muchos años hace; porque daba lástima 
que la carne de centenares de miles de toros, que se mataban todos 
los años para sacar las pieles, quedase perdida por los campos sin 
que la aprovechasen ni aun las fieras; pero se pasaba el tiempo sólo 
en especulaciones y en pensamientos estériles. 

En el gobierno presente de la Provincia, que no puede ser más 
benéfico, tanto por el Excmo. Señor Marqués de Loreto su Virrey, 
como el señor Intendente, se ha empezado a fomentar de veras este 
ramo. Por recomendación suya lo patrocina el Rey, y ha librado se- 
gún he oído decir, cien mil pesos para una fábrica de carnes que 
ha establecido en el Colla (estancia que era de los Betlemitas) Don 
Francisco Medina sujeto particular que la compró para ese fin, y 
está cerca del Rosario: en ella se van a hacer todos los años ocho 
mil quinientas en salmuera, y el señor Intendente que es don Fran- 
cisco de Paula Sanz acaba de visitar ese nuevo establecimiento En 
las inmediaciones de esta ciudad se han puesto otros dos saladeros, 
que harán otros ocho mil cada uno, y muchos particulares salan 
también en sus haciendas, quienes han trabajado lo que ha salido 
hasta ahora en salmuera, y en tasajo, porque los tres saladeros gran- 
des se están todavía disponiendo para empezar. Ya ve usted que 
si este proyecto tiene buen suceso como se espera, toda la Provincia 
y principalmente esta ciudad detendrá mucha parte de los tesoros 
de Potosí, porque aprovechará las riquezas incomparables que le 
ofrece el Creador tan a manos llenas: habrá un ramo muy grande 
de comercio que antes no había, y si para sólo los cueros necesita- 


290 





han veinticinco embarcaciones por ejemplo, necesitaría en adelante 
ios veces más para sólo las carnes, aunque estas vayan sin hueso, 
que es como aquí se hacen. Por este medio la Monarquía, no de- 
rramará en manos de enemigos, o siempre rivales, su plata y oro 
ron la profusión con que lo está haciendo, y los ingleses sentirán 
este golpe sin sangre más que si perdieran algunos navios. Se trata 
también de hacer mal tercio a los holandeses y flamencos con la 
mantequilla, y los quesos de que algunos piensan poner fábricas 
formales, y estudiar mucho en el modo de hacerlos con prontitud 
7 perfección. 

De todos estos proyectos en que hierve el pueblo se puede de- 
cir que los catalanes son la levadura, porque ellos, como buenos 
pobres, a todo hacen y con cualquier cosa se contentan; ellos han 
hecho que se recojan las crines y colas de los caballos, los cueros 
del ganado que se mata, que compran por millares y llenándolos 
de arena saben identificar la carga con el lastre; ellos han movido 
a limpiar las calles de garras y pedazos de cueros, y a que se apro- 
vechen los sacos que por viejos iban a ser inútiles; y en fin ellos 
aventurando su persona y su dinero y sus barcos, (porque regular- 
mente son navieros, marineros y comerciantes en una pieza) han 
hecho las primeras tentativas a La Habana con armas, con sebo, 
carnes y aún con manzanas. 

Se están esperando por días dos embarcaciones inglesas, car- 
gadas de negros, .y Jos apoderados de este asiento (que dicen 
subsistirá) van a hacer galpones sobre la orilla del Miguelete a 
su entrada en la Bahía para hospedarlos. La ciudad los ha deter- 
minado allí consultando por la salud del pueblo, y por la de los 
infelices esclavos. Ciertamente causa lástima sólo la memoria de 
este triste comercio; pero su necesidad para la América, o la cos- 
tumbre .sino ahoga, a lo menos prevalece siempre a todos Jos sen- 
timientos de la humanidad y de la razón. 

MARINA. — Hay habitualmente en este puerto una armadilla, 
compuesta de una fragata grande de guerra, y de dos corbetas que 
son como fragatas pequeñas, Estas dos últimas se alternan todos los 
años en ir a Malvinas con guarnición, víveres y dinero para las 
pagas. El comandante de la que va, y se mantiene allí un año, es 
de algún tiempo a esta parte el gobernador de la isla. El jefe de la 
escuadrilla es siempre un capitán de navio y con título de coman- 
dante de Río de la Plata; tiene su residencia en Montevideo y re- 
gularmente dura cinco años su comandancia. Al cabo de ellos se 
muda el comandante y su armadilla, que siempre está a las órdenes 
del Virrey para las urgencias ocurrentes. Los buques están dotados 
de la oficialidad, tropa y tripulación correspondiente, y el coman- 
dante del Río es su Juez ordinario, que sentencia en las causas 
civiles y criminales. El año pasado se hizo en dos distintas fragatas 
i:, ejecución de pasar por las armas a dos reos capitales. 

En esta ciudad tiene la Marina un almacén, que está cercado 
-cien varas en cuadro de un muro alto de cal y piedra a la orilla 
del puerto y al lado de San Francisco. En el almacén se guardan 
trcias, velas, mástiles, y otros utensilios de respecto y del uso de 
.a 5 embarcaciones. A la calle tiene viviendas altas y bajas para los 
‘filiales que están al cuidado del almacén y para el cuerpo de guar- 
:.u que está a la puerta. El comandante usa en su casa gallardetón, 
en el asta de él pone las señas, con que se da a entender a los 
: riciales, que están de guardia en las fragatas. A continuación de 

almacén, y cerrando la calle pública, porque así le pareció con- 
■ miente a! Intendente de la Provincia, que era un tal Fernández, 
* m un hospital de más de cien camas de largo con las piezas y 




oficinas necesarias, en que se curan los enfermos de marina, y los 
soldados de tierra; es obra sencilla, pero bien hecha de cal y canto 
lo más, y sino lo es del todo, lo parece a lo menos. 

TROPAS. — En la Provincia hay tres regimientos veteranos, el 
de Infantería y el de Dragones que son fijos en ella, y el de Burgos 
que vino cuatro años ha a relevar el batallón de Saboya. Del de 
Dragones (cuya coronel se fue a España con licencia) se suelen 
mantener aquí dos o tres compañías, las demás están distribuidas 
en Buenos Aires, en Maldonado, y en varios destacamentos de ésta 
y de la otra parte del Río. Del de infantería (de que son cape- 
llanes don Juan Miguel Berroeta y don Luis Vidal) está aquí el 
coronel con la parte más unida del Regimiento, cuyas compañías 
de granaderos están en Buenos Aires, y otras en varias otras partes. 
Del de Burgos está un batallón aquí y otro en Buenos Aires, y del 
que también (aunque menos que de los fijos de la Provincia) se 
destacan algunas compañías o piquetes a diversas partes, como 
Santa Tecla y a Santa Teresa de esta banda, a Río Negro y San 
José de la otra. 

A más de esta tropa hay aquí una compañía de los dos arti- 
lleros que tiene la Provincia, cuyo jefe, que es coronel, reside aquí, 
y es jefe también de la compañía de artilleros milicianos, cuyo 
capitán es don Miguel de la Cuadra. Tiene el cuerpo de artillería 
un parque contra la muralla cerca del Portón Nuevo, que se abrió 
en un lienzo cercano al Cubo del Sur, y sirve de salida a los ca- 
rruajes, como el Portón Viejo le sirve de entrada. En este parque 
que lo custodia un cuerpo de guardia de Artilleros, hay mucha arti- 
llería desmontada, de bronce y de hierro de todos calibres, cañones 
de batallón, morteros y obuses, balas, palanquetas, bombas y gra- 
nadas, cureñas, avantrenes, galeras, fraguas y otros cien mil instru- 
mentos bélicos de que enriqueció a esta plaza la expedición de don 
Pedro de Cevallos; en la batería antigua de San José dejó diez her- 
mosos cañones de bronce de a 24. Los artilleros tienen fuera del 
Portón, hacia la banda del sur, una batería, que llaman escuela 
práctica, y en frente de ella, como a unas trescientas toesas de dis- 
tancia, un terraplén contra el que poniendo un blanco hacen ejer- 
cicios de cañón y mortero. En una temporada estuvieron los milicia- 
nos más certeros que los veteranos, y picados éstos de las victorias 
de los circunstantes se trabaron de palabra con las milicias, de suerte 
que su comandante tuvo que contenerlos, diciéndoles que lo que 
debía ser sólo motivo para que se estimulasen, no le debía ser para 
que riñesen, 

MILICIAS. — Fuera de la compañía de artilleros que acabo 
de nombrar, hay en Montevideo dos cuerpos de milicias del país, 
uno el Regimiento de Caballería, y otro el Batallón de Infantería. 
El Regimiento de Caballería tiene doce compañías, y un jefe que 
es el Maestre de Campo, empleo correspondiente aquí a Teniente 
Coronel, que lo posee en el día, Don Manuel Durán, discípulo de 
usted, y es el primer jefe que ha tenido el Regimiento; porque 
cuando se formó, que fue poco antes de la última guerra, ya había 
muerto don Manuel Domínguez, Maestre de Campo que usted 
conoció. El uniforme es casaca y calzón azul, chupa, vueltas, solapas 
y collarín de grana, ojal y botón de plata. Los oficiales tienen sus 
divisas de galón de plata, con que distinguen su graduación. Los 
capitanes, que usted conoce, y los voy a nombrar por su antigüedad, 
son Don Martín José Artigas, mi hermano Felipe, Don Juan Es- 
teban Durán, Don Domingo Bauzá, Don Ramón Cáceres que tano- 


292 


bien es Alguacil Mayor perpetuo, y Don Juan de Medina. De los 
subalternos no me ocurre que pueda usted conocer otros que a un 
hijo del difunto Gordillo, que es Ayudante, y a mi hermano Bartolo 
que es Teniente. El Regimiento tiene en fondo de dos a tres mil 
resos, para estandartes, símbolos y otros arreos. 

En él consistía la mayor fuerza que había fuera de los muros 
en la última guerra para impedir el desembarco que se intentase. 
Estuvieron acampados en número de 1.300, porque las compañías 
tienen más de cien hombres, hacia el horno de Achucarro. Todos 
estaban montados en buenos caballos, suficientemente ejercitados 
en las evoluciones, y muy resueltos a quedar airosos contra el dic- 
tamen de los veteranos, particularmente europeos, que los miran 
siempre con desafecto: pero otros confiaban mucho en su robustez 
y destreza en el manejo de los caballos, en la que seguramente no 
son inferiores a los antiguos númidas ni a los modernos de Argel. 

El Batallón de Infantería tiene el mismo uniforme, con la di- 
ferencia de que la casaca no tiene solapa; tiene nueve compañías, 
y su jefe con graduación de Teniente Coronel era Don José Mas, 
que murió este año; capitanes Don Bruno Muñoz que murió habrá 
tres años, poco después de su mujer; Don Francisco La Robla, y 
otros que, o no me ocurren, o Ud. no conoce. Don Félix Mas es 
subteniente en una de las Compañías. Este batallón en tiempo de 
guerra, o de urgencias hace su servicio dentro de la plaza, y se 
alterna con los veteranos de cuyos privilegios militares goza, como 
también el Regimiento de Caballería. 

TRIBUNALES. — El primero es el del Gobernador. Actual- 
mente lo es Don Joaquín del Pino, Coronel del Cuerpo de Inge- 
nieros, que casó en segundas nupcias con la hermana del doctor Vera 
el santafecino; tiene de sueldos cuatro mil pesos. Hay Sargento Ma- 
yor y Ayudante de plaza. Segundo el del Cabildo compuesto del 
mismo número de individuos que antes, pero más compuestos. Ya 
no van a la iglesia con capas y con el pelo tendido; van con casacas 
nada menos que de terciopelo en el invierno y de tercianela en 
el verano. Tienen ya en ese cuerpo poco lugar los Cincinato, que 
dejaban el arado para tomar la vara; porque se reputan poco aptos 
para discernir lo justo de lo injusto los que acostumbrados a go- 
bernar bueyes, y echar grano a la tierra, no saben en un concurso 
presentarse con aire y desembarazo. Tercero el de la Aduana, su 
jefe es el Administrador con 2.600 pesos de sueldo; Contador con 
1.400; el Vista 1.000: tres oficiales y otros dependientes. Cuarto, 
Cajas Reales, de que es Ministro de Real Hacienda Don José Sos- 
toa, que fue novicio jesuíta, y casó aquí con hermana de Don Eu- 
sebio de Achucarro, discípulo de usted; las Cajas Reales tienen 
primero y segundo oficial, y otros dependientes. Quinto. La Admi- 
nistración de Correos, y es administrador desde su establecimiento 
Den Melchor de Viana con 1.500 pesos. Dependientes, el oficial 
interventor con 800, y otros dos oficiales con 600 y 350 pesos de 
sueldo. En el actual Virreinato se ha establecido el correo terrestre 
para Buenos Aires, que sale todos los lunes, y viene todos los sá- 
bados; es de grande utilidad para el comercio y comunicación, como 
:o es el ultramarino, establecido para aquí desde el año 1768. Sexto. 
I: Resguardo, cuyo comandante con 1.400 pesos tiene su despacho 
en el muelle en una casa que se hizo para ese fin; son sus depen- 
dientes, un Teniente de Resguardo, un Visitador y todos los guar- 
ías que por decoro se llaman dependientes. Séptimo. La Adminis- 
tración de tabaco y naipes, de que es jefe el Administrador con 
1.200 pesos, Contador con 600, otro oficial y ún fiel que es Don 

* ======== — — — 293 


José Muñoz, hijo del difunto Don Bruno. Octavo . El Juez eclesiás- 
tico, o Vicario, con su Notario, que sucedió a Pusnoc ya difunto, 
y un fiscal que tiene que dar muy pocas vistas. En el muelle hay 
un cuerpo de guardia, como antes, y aunque debajo de techo tiene 
menos que hacer el oficial por el Resguardo que lo ha exonerado 
de muchos conocimientos que antes tenía. 

Con ocasión del nuevo Ministerio y de la Junta que para su 
dirección ha creado el Rey en la Corte, muchos esperan que habrá 
rebaja de empleados. S.M. en dos decretos que ha expedido no 
respira sino deseo de hacer felices a sus vasallos, a quienes mira 
con igualdad, sean europeos o americanos, y provee los medios más 
oportunos a ese fin, que si no se consigue, sólo será porque son 
hombres los que los deben aplicar. 

CURATO. — El de esta ciudad que regularmente mantiene un 
Teniente y se extiende su jurisdicción a todo lo que es arrabales, 
Propios y Ejido de ella. Hay en la Matriz tres Beneficios simples, 
el de Epístola y Evangelio, que poseen los dos Pagólas, Don Juan 
Bernabé y Don Pedro, el de la Sacristía, todos tres son beneficios 
buenos. Fuera de la ciudad y de su Ejido está la Parroquia de las 
Piedras en el paraje de este nombre, y mantiene en su jurisdicción 
dos Tenientes, el de la Capilla de Miguelete, un poco más arriba 
de lo del difunto Jorge Burgués, y el de la de Pando, que lo más 
del tiempo está sin Capellán. Está también la Parroquia de Gua- 
dalupe en Canelones, de la que es Cura Don Juan Miguel Laguna, 
discípulo de usted, quién después de mil aventuras, se ordenó y 
posesionó de ese Curato, que tiene en su jurisdicción cuatro Ca- 
pillas, provistas de Sacerdotes, es a saber la de Santa Lucía, la de 
San José y la de Minas, servidas por religiosos, y la de Pintado, 
cerca de donde está la estancia de la ciudad, servida por un ecle- 
siástico paraguayo que yo no conozco. 

Me están viniendo impulsos de injertar en esta carta un ro- 
mance que salió estos días con ocasión de la fiesta que acaba de 
hacer Laguna a la titular de su iglesia. El autor, que es un gallego, 
se burla con mucha gracia de la Villa de Guadalupe y del viaje 
que hicieron a ella muchos de la ciudad, no para ver la fiesta, sino 
para mojarse en todo el camino; pero lo omito por ser el romance 
largo, y porque lo que a mí me hizo reir por estar impuesto de las 
circunstancias, no le causaría a usted esa sensación, que las ignora. 

Hay, tanto en la ciudad, como en el campo, oratorios privados, 
tal vez más de lo que conviene. Fuera de los sacerdotes del país 
que he nombrado en el discurso de esta carta, y que usted conoce, 
está Soler, hijo del difunto don Jaime, Collantes, hermano de Don 
Luis, que usted conoció, y otros europeos y de Buenos Aires. Uno 
de estos es preceptor de gramática latina, y la enseña donde usted 
la enseñó algún día, pero con más número de discípulos, que re- 
gularmente son de 15 a 20, fuera de los que aprenden en San 
Francisco. El Cura de esta ciudad sucesor de Don Felipe Ortega, 
ya difunto, es Don Juan José Ortiz, mozo que no llega a 30 años; 
pero tan maduro y juicioso en su porte, que puede servir de mo- 
delo de curas. Cumple perfectamente con todas las obligaciones de 
su empleo y hace muchas obras de su prerrogación. Ha establecido 
la escuela de Cristo en la Matriz cada quince días, y todos los 
domingos y días de fiesta predica la doctrina cristiana y la moral 
con método, sencillez y claridad. 

A las dos vacantes que ha habido del primero y segundo Cura 
de esta ciudad, a quienes administré los últimos sacramentos, asistí 
a su cabecera cuando expiraron y di sepultura eclesiástica, níe he 

294 - •— — 


opuesto y he llevado siempre calabazas, como se suele decir; pero 
puedo asegurar a usted que me han parecido todavía más ligeras 
de lo que son, porque a mí nada me pesan, ni me pesaron nunca. 
No tengo, por la misericordia de Dios, un ochavo de renta eclesiás- 
tica, y con todo no me falta con qué pasar la vida honradamente, 
y sin gravar a nadie. Vivo según el uso de la primera gente de la 
tierra, que los cánones si no mandan, a lo menos aconsejan, y vivo 
tranquilo. Este año murió la última persona que quedaba de los 
pobladores, cabezas de familia de esta ciudad, que era la vieja Ca- 
brera; con esto digo que han muerto todos los demás, y han muerto 
también muchos de sus hijos, que en el día son ya viejos, seten- 
tones, pues los nietos que son los de mi tiempo son ya hombres, de 
casi medio siglo. Murió don Joaquín de Vedia, Don Antonio y 
Don Agustín García, Camejo, el menor de los Duranes, Doña Josefa 
la Española, la Coria, Cordovez y su mujer, y otras muchas per- 
sonas que he nombrado, o no me ocurren. 

Me parece que he satisfecho al deseo de usted, y aunque no 
he tenido el honor de escribirle en tantos años, esta sola carta puede 
valer por todas las que hubiera escrito, aunque hubiera habido co- 
rrespondencia frecuente. Estimaré a usted dé mis cordiales memo- 
rias a los señores Don Joaquín de la Torre, Don Ignacio Perera y 
Don José Verón; de este sujeto, y de mi estimadísimo Rector don 
Ladislao Oro, a quien por su avanzada edad supongo ya en el Cielo, 
hemos hecho memoria honrosa, con don Gabriel de Guerra, co- 
mandante de la Venus, en que hicieron viaje a España. Actual- 
mente se halla en la isla de León, y es Brigadier de la Real Armada. 

Concluyo a la española sin expresiones superlativas, pero con 
verdadero afecto y deseo de que me ocupe en cuanto yo valga, que 
goce perfecta salud, y que Dios, como se lo ruego, guarde su vida 
muchos años. 


Isidoro De María 


Montevideo antiguo 

El rapé y la tercena 

En los tiempos en que el Don no se daba a cualquiera, sino 
a las personas de alguna posición social aventajada, y en que el 
ño fulano era de uso común en las clases inferiores, el rapé era un 
artículo de subido consumo en las provincias del Río de la Plata, 
y la de Montevideo entre ellas. 

Como arbitrio para subvenir a las necesidades públicas, y par- 
ticularmente para continuar las fortificaciones de esta plaza, propuso 
Andonaegui al Rey el envío de la Península de una embarcación 
de 150 toneladas cada dos años, con 20,000 libras de tabaco en 
polvo, laborado en Sevilla y Habana, propio para la afición de estas 
provincias, cuyo consumo se calculaba en 15,000 libras en la pro- 
vincia de Buenos Aires, 11,500 en la de Tucumán, 12,000 en Mon- 
tevideo y 500 en el Paraguay, anualmente. 

Aceptada la proposición de Andonaegui, vino la primer remesa, 
y se estableció el estanco del tabaco en polvo, allá por el año 1748. 

295 


Dedúcese de esto, que había muchos polvillistas entonces en 
esta región. 

Llamábase la Tercena la casa del estanco del ramo. En los pri- 
meros tiempos no podemos decir a punto fijo dónde se estableció 
en esta ciudad, pero desde el año 90 y tantos, ocupó una gran casa 
en la calle de San Luis, entre las de San Fernando y San Juan, 
frente a la de Balbín y Vallejo, cuya casa era conocida por la 
Tercena. 1 

El tabaco -rapé venía de dos clases. Blanquillo y colorado. El 
primero, de un color amarillo claro, era el más fino, y el segundo 
el más grueso. 

Nuestros antepasados fueron muy afectos al polvillo. Usaban 
cajas de carey, de nácar, de plata y de oro — algunas con música — , 
los pudientes, siendo costumbre convidar con una narigada a los 
amigos, como se convida con un cigarro. Había aficionado que no 
se contentaba con tomar una narigada, sino tres y cuatro, y déle 
estornudos. Y mano a aquellos soberanos pañuelos llamados de huevo 
revuelto con tomates, o de a cuadros azules, colorados y amarillos, 
que usaban muy planchados para descargar la nariz, llevándolos en 
el bolsillo de la chaqueta o del pantalón de tres botones, o del 
sucesor de alzapón chico. 

Es tradicional que el gobernador Vigodet, que en su sencillez 
fumaba por la calle — como los chicueios del día, que no son Vigo- 
det — , alternaba con un sorbo de tabaco de su gran caja de oro; 
como lo es también que el general Alvear lo llevaba a granel en 
los bolsillos del chaleco, dándoles diez rayas en los sorbos a los 
comisionados de Vigodet, que no lo hacían mal, tomándolos de sus 
cajas, cuando negociaban la capitulación de esta Plaza el año 14 
en la histórica capilla de Pérez, con cuyo motivo decían los realis- 
tas "Republicano, al fin", parodiando acaso el dicho de la Carlota: 
"son de otra escuela", refiriéndose a los diputados del Cabildo, en 
ocasión de felicitar al Príncipe por el alumbramiento de su con- 
sorte la Princesa. 

No eran sólo los hombres que hacían gasto de rapé, — exce- 
lentes marchantes, como nuestro Figueroa, nuestro padrino Pozo, 
del que se expendía ahora 50 años en lo de Valle, Domenech y el 
baturrillo de Varela, en la Plaza — , sino también las señoras mayo- 
res, como nuestra buena doña Narcisa, a quienes no les faltaba la 
cajita y el rosario en el bolsillo de su vestido de alepín o de zaraza. 

Los toros y otras yerbas 

Los españoles eran muy aficionados a los toros, y se quiso utili- 
zar ese divertimiento en beneficio de la compostura de las calles 
que carecían completamente de empedrado, en el tercer cuarto del 
siglo pasado. 

Con ese fin, en el año 1776 se construyó una Plaza de Toros 
en el gran despoblado que existía al oeste de la ciudad entre el 
cuartel de Dragones y las casas conocidas por de Juan Soldado, a 
espaldas del que, 12 años después, fue el primitivo hospital de 
Caridad. 

El constructor fue un don Sancho, español, que hizo de picador 
en la cuadrilla de aficionados, y un Cosme de banderillero. 

Se dieron dos corridas, destinando su producto a la compos- 
tura de las calles intransitables. Los toros se introducían a la ciudad 
por el Portón del sur y el despoblado de esa parte. 

Los toros se lidiaban embolados, como para salvar el bulto de 
las astas. Cuatro capeadores, dos banderilleros y el picador compo- 

1 La misma que ocupó muy posteriormente la imprenta de) Universal, el Colegio 
de Barboza y el Uruguayo, de la señora Aguilar de Acha. 



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nían la cuadrilla. Nada de primer ni segundo espada. Era artículo 
que no había en Plaza. El circo se llenaba de espectadores. Hom- 
bres y señoras concurrían con gran contento a la lidia. Las señoras 
usaban entonces vestido corto y medias de seda azul con cuchillas 
de plata las pudientes, que por lo regular gustaban lucir, y allá 
iban con ellas a tomar asiento en las gradas de la Plaza de Toros. 

Los banderilleros brindaban a los principales, y les llovían 
onzas de oro, o pesos fuertes, en cada suerte, de que participaban 
los compañeros. 

Una vez, uno de los banderilleros, que era un pardo, brindóle 
la suerte a una de las damas, pero como ésta se hallase desprovista 
de dinero para corresponderle, se sacó una sortija y se la arrojó con 
gracia al picaruelo, lo que le valió un palmoteo y que un galante 
que se hallaba a su inmediación, la secundase en desprendimiento 
arrojando al afortunado lidiador algunas onzas de oro. 

La plaza subsistió hasta cuatro años después, en que se dieron 
otras dos corridas de toros, destinando su producto al pago del 
terreno comprado para el hospital. 

Pasaron muchos años sin que volviera a repetirse esa clase de 
función en Montevideo, hasta el año 23 de este siglo, en tiempo 
de los lusitanos, con ocasión de celebrarse la proclamación de la 
constitución portuguesa efectuada en Oporto. 

Los toros entraron entonces en el programa de las fiestas públi- 
cas, pero ya no fueron en el descampado del cuartel de Dragones, 
sino en la Plaza de la Matriz. 

Tres días duraron los festejos, para los cuales se construyó un 
tablado en el centro de la Plaza y algunos palcos a los lados para 
los espectadores de más distinción. 

Hubo comparsas que danzaron en el tablado. Recordamos una 
en traje de indios, con plumas rosadas ceñidas a la cintura y la 
cabeza, adheridas a un cinto de galón plateado. Otra de coraza, 
otra de viejos, con especie de miriñaque formado de arcos de barri- 
ca, y otra de oficiales dirigida por el renombrado actor Casacuberta. 

El tercer día fueron los toros, arreglando la plaza desde la 
noche anterior para lidiarlos. Todos los preparativos se hicieron 
bajo la dirección de Balbín y Vallejo, antiguo y respetable vecino 
de Montevideo. 

Se formó de tablazón un gran cuadro en la plaza. En el cos- 
tado del sur se construyó el toril. Los toros eran embolados. A la 
voz popular de salga el toro, le daban salida y empezaba la cuadrilla 
la fiesta. Se componía únicamente de banderilleros y capeadores. 
No había picador, ni espada. Cada tumbo que llevaban los capea- 
dores era una algazara. 

Por de contado, la plaza estaba llena de espectadores. Las azo- 
teas y los balcones cubiertos de gente. Los del Cabildo los ocupaba 
el Gobernador, jefes de alta graduación, los cabildantes y otras perso- 
nas distinguidas. 

Para hacer la diversión más entretenida, se colocaba un muñeco 
en medio de la plaza, para que el toro lo embistiese. Dentro de 
una pipa vacía, se metía un hombre, y el toro lo llevaba rodando 
a topadas con el viviente dentro. A la voz de ¡a la uña! cargaban 
todos sobre el toro y lo despachaban. 

Como para fin de fiesta, un criollo, de apellido Trujillo, apa- 
reció en el circo cabalgando en un potro, con sus grandes espuelas 
redomonas, resistiendo los corcovos del alazán, como jinete famoso. 

Después no se dieron más corridas de toros hasta el año 1835, 
en que la empresa Sierra y Amaya hizo construir el Circo que sub- 
sistió hasta el año 42 a inmediaciones del Cordón, al que se iba 
de jarana por 6 vintenes en carretilla, y que dio tema a las Toraidas 
de nuestro festivo Acuña de Figueroa. 




La calle de los judíos 


Con este nombre era generalmente conocida desde el tiempo 
de las pajuelas , una de las calles "de la muy fiel y reconquistadora 
ciudad de San Felipe y Santiago”, como había otras vulgarmente 
llamadas de los Pescadores, de las Bóvedas , de las Tiendas, del Fuer- 
te y del Muelle . 

La tal calle bautizada de los Judíos, era la de San Fernando, 
teniendo origen en la cuadra donde existían las tiendas o tende- 
jones en que se vendían monturas, frenos, estribos, cinchas, reben- 
ques, riendas, cojinillos, bozales, argollas, redomonas, estriberas, a 
la vez que calzoncillos, chaponas, barbijos, fajas y otros artículos 
de uso para los hombres de campo. Esa cuadra era precisamente 
la misma donde existen ahora las librerías de Ibarra y de Barreiro 
y el gran edificio de Dauver en la calle de las Cámaras. 

Como estaba entonces tan inmediata a la entrada del portón 
de San Pedro, doblándose para la Plaza, caían allí los paisanos a 
hacer la compra de lo que necesitaban, pero como los precios eran 
salados, y por nada aflojaban los tenderos de antaño ni un medio 
real, prefiriendo primero que se apolillasen los artículos que rebajar 
de precio, dieron los campesinos en llamarles judíos a los dueños, 
y tanta fue su fama, que quedóle a la calle donde existían, el nom- 
bre vulgar de Calle de los Judíos. 

Como si fuese ayer, recordamos todavía aquellos campesinos, 
vulgo gauchos, que en tiempo de los lusitanos cruzaban en sus pin- 
gos orejanos, por aquella calle de Dios, en dirección a la Plaza de 
la Matriz, con la cola del caballo hasta el garrón, o atada, formando 
contraste con los reyunos rabones de la tropa, jineteando a su gusto, 
con sus grandes espuelas, el rebenque colgado en la muñeca, la 
manea pendiente del bozal, los dedos del pie en forma de horqueta, 
metidos en la estribera, sobre el estribo de palo, sombrero de panza 
de burro al lado, sujeto con el barbijo, su pañuelo al cuello, su 
chiripá de bayeta, luciendo el fleco del calzoncillo, su ponchito 
vichará ocultando el facón de vaina de suela, llevado a la cintura, 
por temor de la multa y del despojo si se lo pispaba la Policía "que 
prohibía cargar cuchillo”, su bota de potro, las boleadoras a los tien- 
tos de la cabezada trasera del lomillo criollo, y el maneador envuelto 
en el pescuezo del caballo, cabalgando al tranco, con la apostura 
de los criollos, que se reían de los maturrangos. 

Algunos había lujosos, con sus caballos bien enjaezados, freno 
de copas de plata, cabezada, pretal, espuelas y cabo del rebenque 
del mismo metal, estribos de piquería, cojinillo y sobrepellón bor- 
dados, cinchón de colores, pañuelo de seda al cuello, sombrero de 
ala ancha con barbijo de seda, ponchito vicuña, calzoncillo de ancho 
^ cribo, chiripá de merino (algunos usaban pantalón), y bota de caje- 
tilla, es decir, de becerro; tirador bordado con broches relumbrantes 
y los famosos botones en collera de pesos fuertes o patacones. 

Era el paisano lujoso, haciendo gala de sus prendas, que entra- 
ba a la villa a sus diligencias, luciendo su flete, como cuando iba 
a las carreras. 


La sala capitular 7 los cabildantes 

La institución del Cabildo, que tuvo principio en 1730, sub- 
sistió por el espacio de un siglo bajo todas las administraciones. 

Llamaban Sala Capitular a la del Ayuntamiento. Su mobilia- 
rio, con referencia al año 8 y siguientes, consistía en canapés con 
asiento de damasco, sillón para la Presidencia en la plataforma, 


298 





una gran mesa en ella cubierta con una carpeta de paño verde o 
grana, tintero y arenillero grande de plata, plumas de ave, cam- 
panilla, mecheros de tres luces, una caja de metal provista de obleas 
blancas o rosadas grandes, de forma cuadrada para los oficios y 
sellos. El retrato del rey bajo dosel en la testera de la sala. Una 
sencilla barandilla de madera color café, separaba el recinto de los 
cabildantes del resto de la sala, reservado para el público cuando 
había Cabildo abierto, que así se designaba siendo público, para 
tratar, de asuntos extraordinarios. 

Era costumbre en las fiestas religiosas a que concurría el 
Cabildo en corporación al templo trasladar a la Matriz los canapés y 
cojines de la Sala Capitular para asientos. 

Los muebles se hallaban tan deteriorados el año 9, que se 
mandaron construir nuevos en febrero del año 10, a los maestros 
carpinteros del Cabildo, Bartolomé de los Reyes y Castro González. 

Se contrató la hechura de los canapés de madera de cedro, 
pintados de negro, a razón de 41 pesos cada uno, con excepción 
de los cojines de damasco carmesí, cuyo costo se abonaría aparte. 

El traje de gala de los cabildantes, era calzón corto y casaca 
negra, chupetín de raso blanco bordado de oro, media negra de 
patente, zapato con hebilla y piedras de lujo, sombrero apuntado, 
llevando, por supuesto, cada cabildante su vara simbólica de ba- 
llena, de forma cilindrica, llamada vulgarmente de la justicia, la 
misma que empuñaban en el acto de sus consistorios públicos. 

Desde que por cédula real se les facultó para el uso de ina- 
ceros y clarín, éstos precedían al Cabildo en su marcha, al toque 
del Clarín sonoro, en que por muchos años descolló la individuali- 
dad del robusto y buen castellano José Hernández. 

Los maceros eran dos. Su traje de gala, como el del clarín, era 
calzón corto, chaleco y capa carmesí, gola blanca, media encarnada 
y zapato con hebilla. 

Las masas y el clarín eran de plata, y no costó menos su he- 
chura de 550 pesos corrientes, sin incluir el peso de la plata que 
entraba en obra, cuyo trabajo desempeñó el año 9 el maestro platero 
Pedro Marzel. Su estreno tuvo lugar el l 9 de mayo de 1809, en la 
festividad de los Santos Patronos. 

\Y cómo irían de orondos ese día nuestros viejos cabildantes! 
Formaban entonces el "Cabildo, Justicia y Regimiento" de la muy 
fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago: don Pas- 



Bscudo de la ciudad 


299 



cual José Parodi, Alcalde de primer voto; don Pedro Francisco Be- 
rro, de 2 9 ; don Juan José Seco, Regidor decano y Alférez real; don 
Manuel Vicente Gutiérrez, Fiel Ejecutor; don Manuel de Ortega, 
Defensor de Pobres; don Juan Domingo de las Carreras, Defensor 
de Menores; don Bernardo Suárez, Síndico Procurador; don Manuel 
Francisco Artigas, Alcalde de Hermandad; don Juan Antonio Busti- 
líos, Regidor de Policía y don Manuel José Ortega, Alguacil Mayor, 

Doce años más tarde, volviendo a la Sala Capitular, su adorno 
era más lujoso. 

Sillones con asiento y respaldo de damasco punzó, espejos re- 
dondos, marco dorado, con candelabros de dos luces, cortinas de 
damasco con cenefas y galerías doradas y rico alfombrado. 

El año 22 o 24 diose un gran baile y ambigú en el Cabildo, 
en que echaron el resto los cabildantes. Para el efecto se construyó 
un palco en el ángulo sur del salón, destinado para la música. Aque- 
llo fue un lujo asiático en que rivalizaba la gente de tono. El es- 
trado era de lo más elegante. En la comisión de recepción figuraba 
Antuña, hombre de finos modales, secretario del Cabildo, vestido 
de rigurosa etiqueta. El Pacbulí y el almizcle , el aceite de Macasar 
y el agua de colonia, hacían entonces el gasto entre los perfumes, 
conjuntamente con la pomada de rosa y de jazmín en bonitos 
pocilios, que se vendían en las tiendas. 

En la mesa, servicio lujoso todo de plata y oro, incluso las 
grandes bandejas, como que las vajillas en aquel tiempo de los 
pudientes, eran de plata y oro. 

¿Y los ramilletes? Don Bartolo y Artayeta sostenían el ho- 
nor de la bandera en su ramo, con los pajarillos de azúcar pinta- 
dos de colores, los ángeles, las pirámides caprichosas, las naranjas y 
peras, y otras confituras semejantes, que eran un primor en los 
ramilletes de la época. 

Dejemos a las alegres y elegantes parejas entregadas a la cua- 
drilla, al minué y la contradanza bajo la bóveda de la Sala Capitular 
en plácida noche, y hagamos punto final a los recuerdos del Cabildo. 


La venida de los tigres 

Por tres veces, desde el año 13, la fiel y reconquistadora ciudad 
de San Felipe fue visitada por los tigres, que tenían su morada en 
Pajas Blancas, atrás del Cerro. 

Huéspedes tan poco agradables, fueron, comg es consiguiente, 
mal recibidos, pagando con la vida la osadía de colarse de rondón 
en la pacífica ciudad a favor de la noche. 

El año 13 coláronse nada menos que 6 tigres una noche cru- 
zando a nado el río desde la costa del Cerro. Una gran quemazón 
habida en los pajonales de aquel punto, los puso en huida y dis- 
persión, debiéndose a esa circunstancia la venida inesperada de los 
tigres, sin que nadie advirtiese su introducción. 

Los primeros vivientes que olfatearon su arribo fueron los 
caballos encerrados en el fuerte de San José, donde se había colado 
uno. El centinela sintió el movimiento de los caballos asustados, pero 
no hizo caso, porque, ¿quién podía imaginarse la aparición de tales 
huéspedes? 

Uno de ellos se coló al patio del Fuerte, tomándolo el centi- 
nela por un perro que dejó pasar. Allí se echó en un rincón el 
animalito , hasta que la luz del día vino a descubrirlo, siendo muerto 
a tiros por la guardia. 

Con el día fueron descubriéndose los otros intrusos con no 
poco susto de la población. 

300 




Uno se entró en la trastienda de la esquina inmediata al Café 
de la Alianza, calle de San Luis y San Felipe (hoy Carrito y Mi- 
siones), en momentos que había salido el dueño a misa de alba, 
dejando entornada la puerta de la trastienda. A su regreso entró a 
la trastienda dejando abierta la puerta, muy ajeno de que se en- 
contrase en ella semejante huésped, que se había metido en un 
rincón atrás de las pipas. El buen hombre saltó el mostrador y 
abrió la puerta de la esquina, y volviendo a trasponerlo se puso 
muy tranquilo a efectuar el lavado de los vasos. En ese intervalo 
sale el tigre del escondite de la trastienda, y se le aparece en la 
esquina. Al verlo el pobre hombre, asustado, se oculta bajo el mos- 
trador y como Dios lo ayudó logró escapar por la trastienda a la 
calle, gritando: Auxilio! Un tigre, un tigre! 

A los gritos acudió alguna gente, dándole muerte a tiros den- 
tro de la esquina, de donde le quedó el nombre vulgar de la es- 
quina del tigre. 

Otro se había metido en un portalón de la vereda de enfrente, 
que una vez descubierto fue muerto. 

Otro se entró en una barbería en los momentos de abrir la 
puerta el barbero, lastimándolo, de cuyas resultas falleció a los tres 
días. Introdújose en seguida a una segunda pieza metiéndose bajo 
una cama en que dormía un matrimonio, salvando providencial- 
mente de sus garras. 

Otro había ido a dar a la costa del sur, donde subiendo por 
la muralla del Portón nuevo, ganó el foso del Parque de Artillería, 
donde fue descubierto. 

Un oficial, Justo Mieres, y el célebre Juancho, Alguacil de 
Justicia, bajaron a darle muerte. Juancho, desnudando su espadín, 
quiso hacer proezas de valor, que le costaron caro, saliendo lasti- 
mado en un brazo, desistiendo ambos matadores en su intento. El 
tigre siguió por el foso, hasta que fue muerto a fusilazos desde el 
muro. 

Muertos los seis tigres aparecidos se les sacó el cuero, ponién- 
dose a la expectación pública en los andamios de la obra del fuer- 
te que se estaba construyendo en los altos del norte. Un mes después 
el buen Juancho se paseaba muy ufano con la piel del que lo había 
maltratado, recibiendo buenas propinas y negociando la venta de 
los cueros a cuatro pesos cada uno. 

Quince años después se reprodujo otra aparición semejante. 
En los últimos días de abril de 1829, cuando acababan de evacuar 
la plaza las fuerzas imperiales, se coló un tigre por el Baño de los 
Padres. Como por su casa siguiendo adelante saltó el cercado del 
corralón conocido por el de Soto, sito en la calle de San Luis, frente 
al de Duplessis, y allí se metió hasta que fue descubierto. Mandóse 
aviso a la guardia del Muelle que daban los cívicos y cuyo oficial 
era don Antonio Martorell, antiguo sargento brigada de los del año 
23. Inmediatamente vinieron los de la guardia a matarlo. El tigre 
saltó la tapia y fue a ganar el despoblado que existía a los fondos 
del Hospital del Rey, donde lograron darle muéfte. 

El último visitante de esa especie que tuvimos fue un cachorro 
venido también por agua de ios pajonales del Cerro el año 31, al 
que descubrió por casualidad un lechero, metido en una cloaca del 
foso de la batería de San Pascual, frente a la esquina de Doval, 
cuya calle acababa de abrirse. A la novedad acudió la gente, logrando 
don Juan Valdez matarlo de un tiro certero. Sacáronle la piel, que 
fue vendida a un señor Lanza, dueño de una especie de armería. 

Y se acabaron los tigres de carne y hueso y terribles garras. 
Pero quedó el refrán de matar tigres de otra clase en la muralla, con 
referencia a los contrabandos de Perico y Nicolás, locos mansos del 
Hospital, y de Catorce menos quince, y otros conductores. 


301 



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Los ajusticiados 


1764 _ 1802 

Gobernando don Agustín de La Rosa en el año 1764, se man- 
dó construir una horca de firme a inmediaciones del muro, 'para 
precaver los delitos enormes de los malvados y malhechores”. 

Probablemente algunos de ese jaez sufrieron la pena de horca, 
espectáculo, por cierto, que no se hizo para presenciar los corazones 
sensibles. 

Instituida la cofradía de San José y Caridad en el año 1775, 
uno de los deberes piadosos que se impuso por su regla, fue el de 
asistir a los reos condenados a sufrir la última pena durante los tres 
días que se les tenía en capilla, consolarlos y recoger sus cuerpos 
después de la ejecución para sepultarlos. 

El 78 tocólo estrenarse con un reo acusado y convicto de fe- 
chorías en la campaña, donde abundaban los malhechores. 

Puesto en capilla, inmediatamente concurrieron los Hermanos 
de la cofradía al lugar, con el distintivo de su "Beca blanca” y una 
cruz encarnada al pecho, a asistirlo, turnándose de dos en dos du- 
rante el tiempo de capilla. 

Mientras tanto, otros salían por calles y plazas con su taza de 
plata con el símbolo de la caridad, a pedir limosna de puerta en 
puerta para bien del alma del pobre que van a ajusticiar . El pro- 
ducto era destinado a los gastos de entierro del reo. 

Cuando llegaba el día y hora del suplicio, cambiaba el petito- 
rio de la limosna en esta forma: Para hacer bien por el alma del que 
sacan a ajusticiar. 

Una hora antes de la ejecución reuníase la Hermandad en 
cuerpo en la Iglesia Parroquial (la Matriz Vieja), partiendo de allí 
en dos alas para la capilla, llevando uno de los Hermanos sacerdotes 
el crucifijo, para colocar en el altar de la capilla del reo. 

Llegada la hora fatal de sacarlo al suplicio, la Hermandad mar- 
chaba adelante de la tropa que lo custodiaba, rezando en alta voz el 
Pater noster, regresando a la iglesia, donde posternados ante el Se- 
ñor de las Misericordias, elevaban sus preces, para que le conce- 
diese una buena muerte . 

La tradición nada dijo de que en aquellos remotos tiempos de 
oscurantismo , fuese la novelería disfrazada de crónica a interrogar 
o majaderear al reo en el trance funesto, ni a tomar nota de sus 
gesticulaciones, de su ánimo o abatimiento, para trasmitirla a la 
G azeta que no existía en esta noble ciudad de San Felipe; pero daba 
testimonio del verdugo que se hacía dueño de las cosas del pobre 
ajusticiado. 

Entre tanto, el reo se encaminaba a paso lento al banquillo con 
la pesada barra de grillos, sostenido por el sacerdote auxiliante, con 
el crucifijo en la mano, mientras la voz del pregón se hacía oír con 
lo de pena la vida al que pida gracia por el reo. 

Momentos después se le sentaba en el banquillo, y el verdugo 
desempeñaba su odioso oficio ante la muchedumbre espectadora, y 
el doble de las campanas del templo anunciaban la ejecución con- 
sumada. ¡Dios lo haya perdonado! era la palabra que salía de los 
labios humanos. 

Como generalmente las ejecuciones tenían lugar a las diez de 
la mañana, y el cuerpo del ajusticiado permanecía colgado a la 
expectación pública por algunas horas, la Hermandad se congregaba 
después, a eso de las 3 o las 4 de la tarde, en la iglesia, de donde 
salían con la cruz parroquial y el clero dirigiéndose al lugar del 
suplicio, en que recibiéndose del cadáver, lo colocaban en el ataúd, 
y éste sobre las andas cubierto con un paño negro, conduciéndolo 


302 





.os Hermanos sobre sus hombros hasra Ja parroquia. En el trayecto 
llevaba el Hermano Mayor el negro pendón, y velas ios demás Her- 
manos, con el mayor respeto. Allí se le hacían los oficios de se- 
pultura, y acto continuo se le conducía al camposanto de la misma 
iglesia para su entierro, operación que practicaba el sepulturero Rojas. 

Por de contado que la palada de cal no se conocía en aquel 
tiempo. Un puñado de tierra arrojado al hoyo por los Hermanos 
de la cofradía, ponía punto final al ajusticiado. 

Tal era la regla observada por la Hermandad de San José y 
Caridad para con todos los ajusticiados; y que a la verdad no eran 
tan raros, teniendo en cuenta que desde el año 88 al de 1802, su- 
frieron la pena de horca 16 desgraciados, cuyos nombres nos dan 
los papeles viejos, con puntes y señales, en esta forma: 

Francisco Roa, marinero de la fragata Nuestra Señora de la O, 
Pascual Lorenzo, Agustín Matelena, Benito García, Juan Bernies (sol- 
dado), Sebastián Vallar (soldado de Dragones), Juan Bonet Gri- 
muet (marinero), Pedro Muxica, José Orete (marinero de la fra- 
gata Esperanza), Diego Jiménez (soldado de la real marina), Cris- 
tóbal Sánchez, Antonio León (soldado de artillería), Juan Rodela y 
Laureano Gutiérrez. 

Una vez, contábase que hubo un andaluz que asistiendo expre- 
samente con un hijo a ver una de las ejecuciones, agarra al pobre 
muchacho de los cabellos, lo zamarrea y le da fuertes tirones de 
oreja, que hacen gritar al cuitado. Un compañero que le ve le pre- 
gunta: 

— "Juanillo (era su nombre), qué diablos: ¿por qué haces eso 
con el pobre muchacho? Pues es bueno — le responde — para que 
se acuerde del ejemplo. Mira Manolo, me acuerdo en Sevilla que el 
tío Paco siempre que daban garrote a alguno, llevaba sus mucha- 
chos a ver la justicia y les hacía lo mismo que yo, para que se 
acordasen del escarmiento. 

— Pues Juanillo, mejor harías en no cargar la sevillana, y no 
llevar el muchacho contigo a la taberna, para el buen ejemplo. 

Juanillo se amostazó con esa salida del amigo, y casi relucen 
las sevillanas, a no haber sido que se metió por medio el Alcalde, 
que no sabemos quien lo era en aquel tiempo. . 


Raymundo Larrobla 


1780 — 1805 

Los indios minuanes no dieron poco que hacer a los poblado- 
res con sus frecuentes excursiones y robos en la jurisdicción de 
Montevideo, y tanto, que por varias veces tuvieron que salir los 
vecinos armados a echarlos a sus toldos. En consecuencia, vino el 
año 70 el cacique Camamasán a pedir se les concediese un estableci- 
miento a inmediaciones de Montevideo, pero no se llevó a efecto, 
aunque se trató de reducciones. 

Continuaron, pues, en sus correrías, descolgándose hasta 200 en 
la proximidad de lo poblado. 

En una de esas excursiones, fue a caer en su poder un niño 
cristiano, de la vecindad de esta ciudad, de nombre Raymundo La- 
rrobla, cuya historia vamos a referir. 

Raymundo era un niño de unos 9 años de edad, perteneciente 
i la antigua familia Larrobla, de que era jefe don Francisco, cabil- 
dante a la sazón. Acostumbraba salir a jugar con sus compañeros 
rae ra de portones, y alejándose un día de los muros, extraviado en 
el gran despoblado que mediaba entre las murallas y el Cordón, se 
la alzó un gaucho en su flete con engaños. 


303 




umiiii 


El pobre muchacho desapareció, sin. que su afligida familia pu- 
diese averiguar su paradero, por más diligencias que hicieran para 
haber la suerte del desaparecido* 

Jamás se supo de él. Perdido en ios desiertos campos, fue a 
caer, quién sabe cómo, en manos de los indios que merodeaban por 
los pagos cercanos. Cautivo de los bárbaros, el pobre niño fue a 
padecer en la vida salvaje de los toldos, entre charrúas y minuanes. 
En esa vida errante y salvaje, en que pasó el infeliz muchos años, 
se familiarizó tanto con sus usos, costumbres y su lengua, que per- 
dió hasta su propio idioma. 

En las correrías lleváronle los indios a Entre Ríos, después a 
Santa Ee, y últimamente a las Pampas de Buenos Aires. Por de 
contado, que en esas dilatadas peregrinaciones en los aduares de los 
indígenas, Raymundo se había hecho hombre. El cacique de la tribu 
adoptóle como hijo, y tanto, que al morir lo dejó de sucesor en el 
cacicazgo de la tribu. ¡ Quién habría sido capaz de reconocer en él 
al niño cristiano Raymundo, arrebatado 25 años antes de las cerca- 
nías de Montevideo por los bárbaros! ¡Si estaría transformado! 

El año 1805, en una de las batidas dadas a la indiada de la 
Pampa por los soldados del Rey, quiso la casualidad que lo tomasen 
prisionero y herido, salvando de la muerte en la batida por haber 
acertado a balbucear al rendirse estas palabras: Cristiano Roble. Esa 
fue su salvación, sospechando sus vencedores que fuese algún cris- 
tiano de tantos cautivos de los indios. 

En ese estado lo trajeron a Buenos Aires, y lo metieron en un 
cuartel, tratando de averiguar su origen. Muy luego se divulgó la 
noticia de haberse apresado un cacique que se decía Cristiano Roble , 
avivando la curiosidad de la gente. 

Hallábase a la sazón en Buenos Aires don Juan Francisco La- 
rrobla, natural de Montevideo, que había ido a ordenarse de sa- 
cerdote y que venía a ser hermano de Raymundo el desaparecido. 
Llegando a sus oídos la nueva y fijándose en el nombre Roble del 
cacique, cruzó por su mente la idea de que veinte y tantos años 
antes, se habían llevado los indios en la Banda Oriental a un her- 
maníto suyo llamado Raymundo, y aunque le pareciera un sueño 
que pudiera ser él el cacique de que se hablaba, trató de ir a verlo 
en el cuartel donde se le asistía. 

Fue en efecto, obteniendo permiso para hablarle, ^pero como 
Raymundo no hablaba ni entendía ya jota del idioma castellano, 
nada pudo sacar de él que le iluminase, luchando entre la duda y 
la esperanza de que pudiese ser su perdido hermano. Valióse de 
un intérprete para que le interrogase, pero éste no pudo obtener 
otra cosa sino que se llamaba Roble, que era cristiano, que los in- 
dios lo habían tomado chico en la otra Banda, y que con ellos había 
andado y vivido en los toldos. 

El padre Larrobla pareció ver confirmada su sospecha, y no 
cesó de interesarse por él durante la curación de sus heridas. Una 
vez restablecido, y después de haber adquirido la casi certidumbre 
de que realmente era Raymundo, lo trajo consigo el año 6 a 
Montevideo, para comprobar la identidad de la persona en la casa 
paterna. 

¡Quién había de decirles que el cacique Roble , era ni más ni 
menos que aquel pobre muchacho Raymundo tan llorado, que había 
desaparecido niño, llevándoselo los indios! ¡Providencia divina! Era 
asi. 

Traído a la casa paterna, empezó a reconocerla sorprendido, 
más por señas que por palabras porque apenas articulaba una que 
otra en castellano. Era la segunda edición de Francisco del Puerto 
cuando el descubrimiento. Se esforzó en hacerse entender que re- 
cordaba el escondite de un instrumento cortante que había hecho 


304 


cuando chico en la cocina. Entra en ella, busca con ansia algo en 
los agujeros de la chimenea y extrae de uno de ellos, contento, 
una navaja vieja, cabo de hueso, que allí había ocultado días antes 
de la desaparición, como lo explicó después que fue recuperando 
el idioma nativo. 

Parecía todo aquello un sueño para sus deudos, pero era la 
realidad. Raymundo Larrobla, el niño llevado por los indios era 
el cacique Roble devuelto por la Providencia al hogar paterno, a 
la vida del hombre civilizado. 

Con misas y novenarios dieron gracias a Dios de aquel milagro. 

Raymundo vivía triste, silencioso y retraído. Su hermano don 
Juan Francisco, después de un tiempo, llevóle consigo a San José, 
juzgando que por sus largos hábitos se hallaría mejor en el can> 
po que en la ciudad, distraído en las tareas rurales. 

Así fue. Raymundo se regeneró hasta llegar a tomar estado 
con una viuda, de cuyo matrimonio tuvo una preciosa niña, Pe- 
tronita. 

Contraído a los trabajos de estancia, vino el pobre a morir 
en las astas de un toro. 

Siempre se acordaba de sus aventuras y del dicho aquel cris- 
tiano Roble , que fue su salvación en la batida de la Pampa. 


La primera procesión masónica 

Las tropas inglesas se habían posesionado de la plaza el año 7, 
tomándola por asalto en leal y sangriento combate el 3 de febrero. 

Bajo el dominio de sus armas celebraron los masones ingleses, 
de una manera pública y solemne, el día de San Juan, con un cere- 
monial desconocido para los habitantes de San Felipe y Santiago. 

Ya podrá el lector imaginarse la novedad que causaría aquella 
fiesta, y los comentarios a que daría lugar entre aquella buena 
gente "la ocurrencia de los ingleses”, como decían, saliendo en pro- 
cesión por esas calles con estandartes e insignias desconocidas para 
la generalidad. 

La procesión partió del Barracón de la Marina, recorriendo las 
principales calles hasta la plaza de la Matriz, imponente y silenciosa. 

Era una procesión, por de contado, que en nada se parecía a 
aquéllas en que la cristiandad sacaba en andas las imágenes de los 
santos Patronos, con acompañamiento de la cruz, ciriales, hachones 
y faroles, implorando la lluvia en las grandes secas, por la interpo- 
sición de San Felipe y Santiago; pero que por lo extraño de su 
conjunto, llamaba la atención de todos, sin poderse explicar el sig- 
nificado. 

Para "los Hijos de la Viuda”, como dicen ahora, aquella cere- 
monia masónica de relumbrón, fue una gran cosa, revistiendo tanta 
solemnidad que quedó constatada en las páginas del Southern (Es- 
trella del Sur), periódico de la época. 

Hacía un frío de todos los diablos, y el pavimento de las calles 
ya puede uno figurarse como estaría con las lluvias de la estación 
y brillando por su ausencia el empedrado. Pero ni por ésas se aco- 
bardaron los de la procesión, ni los curiosos, haciendo acto de pre- 
sencia en la calle, puertas, ventanas, balcones y tejados, abando- 
nando el tradicional brasero, envueltos unos en sus capotes de paño 
£e San Fernando o de otra clase, y otros en sus rebozos de bayeta, 
por el gusto de dar fe de la extraña fiesta. 

Cómo tomaría el vulgo aquellas bandas, mandiles, estrellas y 
compases simbólicos, es de suponerse. Cuántos habría que creerían 
ver en ellos condecoraciones o modas inglesas, sin poderse explicar 

— —— — 305 





otra cosa, porque en la vida habrían oído hablar de francmasones, 
ni figurarse lo que significaban. 

Pero como nQ hay regla sin excepción, es tradicional el hecho 
de que gracias a Cierta seña de algún iniciado en los misterios de 
la orden, salvaron los cabildantes de ser sacrificados en el conflicto, 
cuando los soldados ingleses, triunfantes después del asalto de la 
plaza, avanzaron al Cabildo, donde se habían encerrado los cabil- 
dantes, que eran a la sazón don Francisco Juanicó, don Antonio 
Pereira, don Juan Manuel Ortega, don Antonio de San Vicente, 
don Juan Antonio de Bustiilos y don Lorenzo Vivanco. 

Echese uno a adivinar cual de ellos sería el iniciado que gol- 
peó masónicamente en la puerta, contestando a la señal el oficial 
anglicano. Si sería Juanicó, _ que navegando antes por esos mundos 
como buen piloto tendría ocasión de iniciarse en algún rito escocés. 

Lo que puede asegurarse es, que con relación a ese suceso, 
decía el mismo Cabildo en nota de agosto de ese año al coronel 
Gore Browne, comandante de la ciudad de Montevideo, entre otras 
cosas, lo siguiente: 

"Señor. La mañana del ataque, vos, señor, entrasteis en esta 
dudad con el mando general de las tropas. En ese extraordinario 
peligro, el Cabildo, en dolorosa suspensión, estaba reunido en la 
Sala Capitular, esperando por momentos la muerte por una solda- 
desca enfurecida y victoriosa, que había forzado las puertas y se 
había lanzado dentro con toda la furia que inspira el triunfo. Fui- 
mos rescatados de la inminente bayoneta por los grandes esfuerzos 
de un valiente y amable oficial, el capitán Enrique Bowell, después 
del 5 9 batallón de guarnición, que afortunadamente entró en el 
instante y nos preservó arriesgando su persona. 

"Vos, señor, fuisteis presentado por él a nosotros y recibisteis 
de nuestras manos la espada y las insignias de la Justicia, tuvisteis 
la generosidad de devolverla inmediatamente a nuestra posesión. Nos 
suplicasteis volviésemos a nuestra Sala y colocasteis a la puerta una 
guardia para nuestra protección, disteis vuestra palabra por nuestra 
salvaguardia y nos garantisteis del menor insulto o afrenta”. 

Este hecho estaba fresco en la memoria del vulgo, que aunque 
no podía explicarse a qué móvil misterioso respondería, dejó en 
los más suspicaces columbrar la idea de alguna cosa, así como de 
mutua protección entre los iniciados en el misterio, y de ahí que 
algunos se figurasen que aquella procesión se relacionaría con él, 
excitando más su curiosidad. Acaso alguno habría oído hablar de 
los Templarios en Europa, y aunque se quedase en ayunas, tal vez 
algo desconfiara. 

Lo cierto es, que los qué sospecharon o no, llevados por la 
novedad, se agolparon en puertas, balcones, calles y plazas a ver la 
procesión de los ingleses, que vino a ser la primera masónica exhi- 
bida en estos países. 


Los reyes de armas 

1808 

A ía antigua usanza echaban el resto los castellanos viejos 
cuando se trataba de reales fiestas en esta "muy fiel y reconquista- 
dora ciudad de San Felipe”. 

La proclamación de Fernando VII efectuada el 12 de agosto 
de 1808 en esta plaza, fue una de ellas, tan aparatosa como original. 

Se habían mandado construir tres tablados para el efecto. Uno 
en la plaza, otro en la plazoleta de San Francisco, y otro en la del 
Fuerte. Cometióse la dirección del primero a don Juan Vidal y 


306 



Benavídez y don Juan Manuel de la Serna; del segundo a don José 
Gestal y don Juan Bautista Aramburu, y del tercero a don Pedro 
Errasquin y don Juan Ignacio Martínez. 

Se levantaron arcos triunfales en los cuatro costados de la Plaza, 
lo mismo que en todas las bocacalles de la carrera por donde debía 
ir la procesión regia. 

Las casas del tránsito blanqueadas exteriormente y tapizados sus 
frentes, presentando todo el más lucido aspecto, según testimonio 
escrito del Cabildo, 

En los balcones de la Casa Capitular se ostentaba el Real Pen- 
dón y el retrato del rey objeto de la proclamación, que por nada 
quiso Elío diferir, a pesar de haberse tenido en la antevíspera noti- 
cia de que Carlos IV había reasumido la corona y renunciádola 
sucesivamente en favor de Bonaparte. 

Dispuestas así las cosas, diose comienzo a la fiesta de la procla- 
mación en la forma que va a verse. 

Los cabildantes, después de tomar su buen chocolate, se diri- 
gieron como de costumbre al Cabildo en su traje ordinario, para 
vestir allí el de gala, como lo hacían cada vez que debían salir en 
corporación, y cambiando de vestidura se plantaron su calzón corto 
con hebillas relumbrantes, su chaquetín bordado de oro. su capa de 
damasco, su banda blanca y demás insignias, quedando prontos pai3 
exhibirse en plena plaza. 

Tres regidores y el Alférez Real parten en comisión al Fuerte 
a buscar al Gobernador y acompañarlo hasta el Ayuntamiento. Iban, 
si no en briosos, en lindos caballos, según la tradición; bien aperados, 
soportando gustosos el frío en las pantorrillas con su media negra 
Je patente. 

Elío, de gran parada, vino con ellos a la Casa Capitular; donde 
recibió el Real Pendón por ceremonia, de que hizo entrega segui- 
damente al Oficial Real con las insignias correspondientes. 

Repican las campanas en señal de abrirse la pomposa marcha, 
en la cual las coletas y los empolvados de más campanillas hacen 
el primer papel. 

Cien \ r oluntarios del escuadrón de caballería de plaza, forman 
i a vanguardia del acompañamiento. Seguían a éstos diferentes ofi- 
ciales del propio escuadrón y otros muchos vecinos antiguos y acau- 
dalados de la ciudad, y en pos de éstos se dejaban ver cuatro Reyes 
de Armas vestidos y montados uniformemente a la antigua espa- 
ñola, cerrando el acompañamiento el Cabildo. Hermosos caballos y 
brillantes arreos (según referencias del acta), hacía todo ello un 
delicioso contraste con el adorno de las calles de la carrera, las que 
cubrían ios tres regimientos de guarnición. Voluntarios de infan- 
tería de plaza, voluntarios del Río de la Plata e infantería ligera. 

Lástima de fotógrafo, no haberlo entonces para sacar la vista 
con los Reyes de Armas , que así podría haberse trasmitido a los 
venideros como una curiosidad, si la polilla o los ratones no hubie- 
ran dado cuenta de ella, como de tantas otras cosas que volaron o 
se hicieron humo. 



307 


Llave de! Cabildo 


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La primera calle de la carrera fue la de San Fernando (hoy 
Cámaras) hasta encontrar la de San Miguel (hoy Piedras). Figúrese 
el lector cómo estarían de curiosos de toda laya. Siguió la comitiva 
en esa dirección hasta llegar a la plazoleta de San Francisco. Allí 
fue la primera estación, donde se hallaba un tablado, en que se 
efectuó la primera real proclamación. 

¿Quiere saber el curioso lector, cómo? Oiga el relato con 
puntos y comas del acta de la ceremonia. 

"Después de subir al tablado por una escalera a su izquierda 
los cuatro Reyes de Armas, y colocádose en los 4 ángulos de que 
constaba, subieron por la escalera opuesta, espaciosa y ricamente 
alfombrada, el escribano y los alcaldes de l 9 y 2 9 voto, llevando 
cada uno en la mano una borla del Pendón Real que conducía el 
Alférez Real en el medio, dio éste un golpe grave con el cabo del 
estandarte, y en seguida uno de los Reyes de Armas, dijo en voz 
alta dirigiéndose al pueblo espectador: / Silencio ! Repetido el golpe, 
profirió el segundo Rey de Armas: / Atención ! El tercero exclamó, 
precedido de lo propio: ¡Oid! Y el cuarto se inició diciendo ¡Es- 
cuchad! 

Puesto de esta forma en expectación el inmenso concurso, y 
guardando todos el más profundo silencio, profirió el regidor deca- 
no Alférez Real, en voces perceptibles, con la mayor circunspección 
y compostura: Castilla e Indias. Castilla e Indias . Castilla e Indias , 
por el Señor Rey (quitándose el sombrero y mirando el retrato que 
se hallaba colocado bajo dosel en el lugar más visible), Don Fer- 
nando Séptimo, que Dios guarde, (a lo que añadieron los alcaldes: 
¡Que viva!) repitiendo con las mismas aclamaciones y el más ino- 
cente júbilo el mismo pueblo concurrente al acto". 

Y aquí fue lo mejor: "En esos momentos se arrojaron al pue- 
blo por los Reyes de Armas muchas monedas de plata de diferentes 
marcas (parecido a la marchama) que se habían hecho vaciar con 
alusión a este suceso; las que conducían los mismos Reyes de Armas 
en grandes bolsas de damasco carmesí". 

Entre paréntesis, quiere saber el lector ¿quién las preparó? No 
fue un Veira, sino un Mendizalaba, platero, que tenía su taller en 
la calle de San Pedro, casa conocida por de doña María Antonia, la 
Cordobesa. 

De allí se siguió el paseo por la calle de San Francisco (hoy 
Zabala) hasta la plazoleta del Fuerte, donde se hallaba otro tablado, 
sobre el cual se repitió la misma ceremonia que en el primero. De 
ese punto continuó el paseo por la calle Real de San Gabriel (así 
sonaba en el acta) en dirección a la Plaza Mayor, donde se hallaba 
el tercer tablado, frente a la Casa Capitular, y en la cual se repitió 
el ceremonial de los anteriores, "acabándose de tirar y difundir al 
" público todas las monedas contenidas en las susodichas bolsas". 

Quedó así hecha la regia proclamación de Fernando VII, que 
tenía fama de narigón, así por el estilo del carretillero Vigil en estos 
pagos. Los Reyes de Armas contaban que quedaron roncos de tanto 
/ silencio ! ¡atención! ¡oid! y ¡escuchad! Y de tanto viva al nuevo 
rey, porque al otro fallecido ya le habían hecho las exequias, y que 
la tierra le fuese leve. 

La comitiva se dispersó, sin tomarle el gusto siquiera a un sor- 
bete en el Cabildo, de lo que mucho se alegraría el Café de la Plaza 
(sin ser el del Agua Sucia, que no existía aún en la esquina del 
Cabildo en el rancho de los Duran es), pues a él acudieron muchos 
a tomar un café, incluso los de coleta y capa grana, con toda la sen- 
cillez de aquellas gentes, que lo mismo se engullían un durazno o un 
alfajor por la calle, como un sorbete platicando con Juanillo o Fras- 
quito en la trastienda de la esquina. 



M. Falcao Espalter 


Un cabildante montevideano 
hacia 1800 


"Su calzón corto de seda azul marino sujeto por una hebilla 
de plata finamente labrada sobre la media sedeña, rosa hasta el 
matiz cárdeno. El cabello de peluca ligeramente empolvada sujeta 
atrás por un lazo de seda, también color verde. La cabeza tocada 
con un gigantesco sombrerón de amplias y algo ondulantes alas, de 
castor negro y copa alta. La capa española ai desgaire, colgada de los 
hombros como una percha de exigua figura. Los puños decorados 
con hebillas de plata que sujetan la bocamanga de la chupa azul 
claro, bordada con alamares de seda verde . . . Un bastón apretado 
por una mano que sale de puños almidonados y orlados de encajes 
catalanes. Un cordón de oro, casi imperceptible, que rodea el cuello 
y va a dar en la mano derecha que aprisiona un par de imperti- 
nentes de nácar, ahora caídos con el brazo junto a la pierna del 
viandante. Zapatos de charol francés cubiertos con un ancho lazo 
de raso negro, bajo un aro de plata perulera, sirven relativamente 
de base a la magra pero alta estampa del señor capitular que mar- 
cha sin gran prisa, como de costumbre". 

"Liso el rostro y como rasurado con singular adiestramiento. 
El perfil aguileño, animado por cierto aire semita en la firmeza del 
mirar renegrido, en la afirmación voluntariosa del mentón, empu- 
jando los labios hacia adelante. La línea de la cabeza regular y sin 
mayor relieve, porque la peluca, el gigantesco chambergo antipro- 
tocolar aunque muy pueblerino, lo impiden decididamente. Difícil 
será, asimismo, adivinar los pensamientos que anidan bajo esa pelu- 
ca, y se apoyan en la osatura enérgica de la frente muy acusada y 
vertical, con sus lóbulos parejos y bien delineados. Las líneas que 
van de la boca a la base de la nariz, encauzan una sonrisa profunda 
y enigmática. Los hombros magros, dije, pero la figura procer; las 
piernas recias y sin curvaturas que aflojaran el concepto de entereza 
que el tipo nos está dando en abundancia de pormenores. Los brazos 
largos y bien plegados. Uno lleva la mano izquierda algo hacia ade- 
lante, como abriéndose paso. El otro, ya dijimos, está entretenido 
con los impertinentes. El pecho sostiene los juntos pliegues de la 
capa española. El cuello, erguido, asoma por entre ésta y claudica 
bajo la ‘trenza redondeada y rabona de la peluca... ¿Quién es este 
hidalgo de la ciudad, que ha puesto por mote en su pelado escudo 
una sentencia de antigua fortaleza moral: "¿Castilla es mi Corona?” 
¿Hacia dónde se encamina? ¿Cuál es su historia? Llámase don Mar- 
tín Sánchez de la Rozuela, y es un viejo experimentado saladerista 
y pulpero, que en su ciudad de adopción tiene el título, comprado 
en subasta pública, de alcalde regidor de 2 9 voto”. 

"... Nuestro hombre llegó a cabildante comprando la vara de 
regidor. Justo es reconocer que floreció ella en buenas manos. Sabía 
él, por extraña y habilísima manera, conciliar la inflexibilidad mer- 
cantil indispensable para la prosperidad de sus negocios, con la dul- 
zura del trato a los menesterosos de su querida Casa de Misericordia. 
Detrás del mostrador de la pulpería, y entre las salazones de su 
establecimiento del Buceo, vecino al de don Juan José Seco, Sánchez 
era un mercader digno de los que paseaban las Lonjas de Segovia, 
Bilbao o Valladolid. Detrás del bufete de hermano de la Cofradía 


309 




de la Caridad, era un trasunto del hombre verdaderamente evangé- 
lico. De ahí la admiración que solía suscitar en Montevideo. Los 
avaros colegas del gremio pulperil o saladeril no podían comprender 
aquel encasillado, aquellá. duplicidad . de sentimientos, aquel dualis- 
mo de alma: judío en el almacén; cristiano en el hospital. Sánchez 
cumplía admirablemente esta función, al parecer contradictoria, con 
el mismo rictus apacible con que ahora le vemos trepando parsi- 
moniosamente la pendiente de la calle San Francisco, en procura de 
la de San Carlos, por donde baje rectamente hacia la plaza Matriz. 
Atravesándola, luego de saludar al padre Ortiz que reza su breviario 
bajo un enorme higuerón a los fondos de la Iglesia, junto a la quin- 
callería y herrería de don Tomás Gómez, penetrará a las Casas Con- 
sistoriales, nombre pomposo del nuevo Cabildo en construcción”, 
f/ví. Falcao Espalter, "Entre dos siglos ”, págs. 271-76). 


Pliego de condiciones para el 
preceptor de la escuela de 
primeras letras del Cabildo 
( 1809 ) 

P Uno de los primeros objetos y más principales a que debe 
constituirse obligado el Maestro de la Escuela es la de instruir a los 
niños de su cargo en la ortografía castellana y hacer la aprehendan 
de memoria: imponerles en los buenos estilos de crianza e infundir- 
les un santo temor de Dios y buenas costumbres; pues asi como el 
principal adelantamiento de los niños en la escritura depende de que 
fixando en ellos la atención se costumbren á leer bien, y escrivir 
con arte, asi es necesario tengan aquellas indicadas instrucciones 
para su mejor felicidad. 

2* Que el Maestro deberá admitir á la Escuela a todo el mu- 
chacho pobre sin exigir de sus padres ninguna clase de estipendio; 
y a estos los enseñará del mismo modo que á los de los ricos dán- 
doles tinta, papel y plumas que subministrará para ellos D.n Mateo 
Magariños según tiene contratado. 

y Que solo se entenderán por pobres para que gozen en la 
Escuela de la gracia de tinta y papel y plumas, todos aquellos que 
sus Padres entreguen al Preceptor un documento del Cavildo para 
admitir á sus hijos como tales pobres. 

4- Que no ha de permitir se mezclen en la Escuela los hijos 
de padres españoles con los de negros o pardos aunque sus padres 
ó amos tengan posibles. 

5- Que no podrá exigir de los Padres pudientes, sino un peso 
por cada muchacho que esté leyendo, dos por los que escriben, y 
tres por los que a más de el escrivir les este enseñando alguna otra 
ciencia, sin perjuicio de lo que los Padres quieran darle de mas. 

6- Que deverá tener dos Ayudantes de su satisfacción en con- 
ducta, y lo demas necesario para que le ayuden, y para traher ala 


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JEscuela y llevar á sus casas á los hijos de algunos Padres, que así 
se lo pidan abonando los dichos padres de los niños que quieran 
gozar de esta gracia quatro reales por raes por cada uno de sus hijos, 
que lleve y trahiga de la Escuela. 

T Que no deberá dar mas azuecos á los niños que el de los 
días festivos, y el de su Santo y Patrona de la Escuela; siendo pre- 
cisa obligación del Maestro llevarlos á misa todos los días de travajo 
y fiesta, y a confesar los de jubileo, y los demás que él señale en 
el año. 

8- Que para la policía, buen orden y dirección económica en 
lo interior de dicha Escuela deberá el Preceptor formar sus reglas 
las quales se leerán en alta voz todos los savados para que los niños 
sepan lo que deben observar, y que faltando a lo mas mínimo de 
ello deverán ser penitenciados ó castigados según la falta, y con 
arreglo á su edad y complección, sin que exceda nunca el castigo 
de los límites de la moderación; pues hace mas el modo, y la idea 
para la enseñanza que el castigo fuerte: ni pueda en ningún tiem- 
po ni caso uzar la palmeta, ni tampoco que pasen de seis azotes 
el castigo mas fuerte que señale el Maestro á los niños. 

9 ' Que todos los meses presentará el Preceptor al Ilustre Ca- 
bildo un estado acompañado de planas de los niños que sobresalgan 
en su adelantamiento; y al fin de cada año se harán los examenes 
de arismetica, gramática castellana, ortografía, y demás artes que 
enseño dho. Preceptor á los niños, a presencia de los Señores délas 
Juntas, para darles por el Cavildo el premio que cada uno merezca. 

10 ? Que el S.r Regidor Decano y el Cavallero Sindico Procu- 
rador, deberán visitar dicha Escuela cada mes, para dar parte al 
Ilustre Cavildo de su adelantamiento ó de lo que falte. 

1P Que siempre que el Iltre. Cavildo tenga por conveniente 
modificar, innovar ó poner nuebas reglas ó condiciones, según las 
demuestre la experiencia lo executará” — (Acta Capitular, de se- 
tiembre 7 de 1809). 




- 


Pérez Castellano, el primer intelectual criollo des- 
cribe desde dentro, con amor y espíritu científico, 
el nacimiento de su ciudad natal. El amable cro- 
nista De María, un siglo después, procura resca- 
tar del olvido el mundo de recuerdos y tradiciones 
del Montevideo antiguo. 


ENCICLOPEDIA 



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Copyright Editorial ARCA S. R. L., Colonia 1263, Montevideo. 
Impreso en Uruguay en Impresora Uruguaya Colombino S. A., 
Juncal 1511, Montevideo. Diseño, Artegraf. Edición amparada 
en el Art. 79 de la ley N9 13.349. (Comisión del Papel). 
Julio de 1968. 


URUGUAYA